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20 de noviembre de 2016

Izquierdismo: ¿Cuál es el Problema? (3ª parte)



Más dificultades

Existen, además, otras dificultades relacionadas con el izquierdismo. No obstante, parece que el primer problema es reconocer que el izquierdismo supone en sí mismo un problema. No estamos habituados a pensar eso de alguien que pretende solucionar problemas. Pero es así, una persona que trata de solucionar un problema puede ser en sí misma un problema. Cuando se comprueba repetidas veces que lo que esa persona hace o bien empeora la situación o bien es totalmente inútil, es hora de analizar si esa persona es la adecuada para resolver dicho asunto.
A modo de capa de Photoshop o de velo semitranslúcido, la realidad del izquierdismo queda sutilmente oculta tras las apariencias. Sus “loables y nobles” intenciones conviven con lo que está en un segundo o tercer plano, el refuerzo del desarrollo de la sociedad que más ha amenazado la libertad y la naturaleza en la historia. Mi intención no es justificar el estado actual de las cosas y su desarrollo, por eso la razón de este escrito.
Conviene matizar además que quizá los problemas que se pretenden solucionar o bien no son tan importantes como se dice o bien no son un problema en absoluto o bien son irresolubles en el contexto de sociedad y mundo en el que vivimos. La importancia de muchos problemas sociales, ¿qué es comparada con la crisis que amenaza a todo el planeta? Las circunstancias políticas, las tradiciones de lucha o los intereses particulares pesan mucho más que un análisis mesurado que nos sitúe a los seres humanos en nuestro lugar en el planeta. Por otro lado, se suele presentar nuestra preferencia natural por atender a nuestros allegados de manera prioritaria hasta en los mínimos detalles como un problema de insolidaridad hacia los demás. La cuestión es que la solidaridad hacia los no allegados no forma parte de la expresión natural de humanidad sino sólo de ciertas etapas evolutivas de ciertas sociedades civilizadas. Volvemos al punto anterior, el interés de un sistema social concreto se impone sobre los intereses de los miembros que la componen y sobre las características del mundo que lo soportan. ¿Tan importante es? ¿Importante para quién? ¿Importante por encima de qué? Finalmente, un ejemplo de la tercera posibilidad enunciada antes (los problemas irresolubles) es la desigualdad. Hasta cierto punto y en cierto grado, todos los grupos humanos conocidos han presentado desigualdad de un tipo u otro. Y tiene seguramente un sentido funcional y necesario. Sin embargo, en sociedades civilizadas la evolución de la división social ha ido inevitablemente adquiriendo rasgos más opresivos y problemáticos. En ellas, la desigualdad es un rasgo sustancial imprescindible, sin el que la sociedad implosionaría en la disfuncionalidad. Sin embargo, al mismo tiempo, periódicamente puede producir diferentes clases de problemas según las envidias que se despierten o lo apretadas que vayan las tuercas de quienes la sufren. Se le podrá encontrar alivios pasajeros en esas circunstancias, pero la desigualdad no desaparecerá.
Se podría plantear una objeción a lo planteado hasta ahora: el hecho de que no es posible juzgar a los demás, meterse en su cabeza y saber sus intenciones básicas. Como problema empírico es una realidad, pero pasa en cualquier ámbito de la vida, no sólo en la política. El ser humano tiene una gran capacidad de interacción social, de modo que puede llegar a reconocer patrones de conducta, hábitos, creencias, mentiras, etc. en los demás. De hecho, hay quien defiende que esa es nuestra especialidad como animales. Aunque también es cierto que las personas pueden llegar al punto de estar engañándose a sí mismas, creyendo en algo que es falso sin saberlo. Esto es lo que ocurre con el izquierdismo: conscientemente un izquierdista típico justifica su actividad política mediante un discurso y unas justificaciones ideológicas, pero inconscientemente las causas de su conducta son otras diferentes. Es un hecho tan común entre los seres humanos que ciertas escuelas dentro de la antropología, la “ciencia que estudia la cultura humana”, hacen una distinción clara entre lo que la gente cree que guía sus actos y lo que un observador informado y objetivo (o varios observadores a lo largo del tiempo) descubre como las verdaderas causas de esos actos.
Es normal, entonces, que una persona involucrada en actividades izquierdistas tienda a pintarlas y describirlas de un modo positivo (“altruistas”, “solidarias”, “rebeldes”, “revolucionarias”, etc., según la corriente a la que pertenezca). Al estar implicada en ellas, no suele juzgarlas racionalmente. Pero esto no significa que otras personas no sean capaces de hacerlo. De hecho, ya se han publicado unos cuantos análisis interesantes sobre ello. Por tanto, no es imposible juzgar la conducta de los demás. Puede ser complicado, pero no imposible.
En cualquier caso, no es mi intención saber si una persona concreta es izquierdista o no, ni buscar culpables por buscar culpables, sino alentar a la reflexión sobre un problema tan importante como el izquierdismo. Quedarse en señalar individuos concretos sería una pérdida de tiempo.
Por último, existe un par de confusiones respecto al término izquierdista que conviene aclarar. Se ha confundido, a veces y en ciertos entornos, izquierdista con reformista. A veces pueden coincidir, se puede ser izquierdista y reformista a la vez. Pero, conviene no olvidar que hay una parte de los izquierdistas, y del izquierdismo, que se proclama revolucionaria, como se vio antes. Y es la parte del izquierdismo que crea un problema importante, confundir y anular a personas que desean sinceramente acabar con el sistema tecnoindustrial actual. Otra posible confusión consiste en equiparar izquierdista y progresista. De nuevo, es posible que haya muchos izquierdistas que se muestren partidarios del progreso; sin embargo, también los hay que critican el progreso (aunque luego sea para proponer otra clase de progreso, “alternativo”, “espiritual”, “moral”, más “humano”, etc.). Por tanto, ese no es un rasgo definitorio de los izquierdistas, a pesar de que sea un rasgo habitual entre ellos.

Algunas Conclusiones

Dar una solución a todos los problemas que trae consigo el izquierdismo no sólo implicaría desviar un montón de energía y tiempo de los asuntos más importantes, sino que probablemente sean irresolubles en su totalidad. Principalmente se trata de estar prevenido, estar al tanto de lo que supone el izquierdismo y no dejarse engañar y arrastrar por sus antiguas o novedosas versiones. El izquierdismo es periódicamente un aliento renovador para la sociedad tecnoindustrial de modo que refuerza los valores humanistas y civilizatorios. Teniendo en cuenta todo el deterioro y sometimiento de la naturaleza salvaje y la pérdida de la libertad individual que está sociedad ha causado y sigue causando, no es aceptable defender ideas o movimientos que la puedan renovar. Sobre todo cuando es la causante de la crisis ecológica planetaria que vivimos y enemiga irreconciliable de lo salvaje.
Sin embargo, como los problemas generados por el izquierdismo afectan a su vez al modo en que se podrían intentar resolver estos asuntos más importantes, es necesario e inevitable tomar una posición respecto al izquierdismo. La única postura sensata y práctica es la de su total rechazo. Lo primero a hacer es un trabajo individual de autoconocimiento, de reconocer lo propio en uno mismo, en la especie a la que pertenece y del mundo vivo del que procede, y al que uno debería rendir pleitesía. El izquierdismo, como una de las amalgamas ideológicas más influyentes en nuestros días, difunde unos valores contradictorios con la naturaleza humana y lo salvaje en general. La igualdad no se sostiene ante la desigualdad natural presente en cualquier grupo humano. La solidaridad más allá de los allegados es un forzamiento de los individuos en beneficio de un sistema cuyas grandes organizaciones tienden al control total de dichos individuos gracias al repertorio tecnológico. La felicidad o las recreaciones armoniosas de la vida que aquella incita chocan con la realidad de la vida que es lucha y conflicto, fracasos y, a veces, éxitos. El mundo al que pertenecemos como seres es salvaje y salvaje es nuestro fuero interno. Conocerlo es decisivo.
Mantener la influencia del izquierdismo a raya constituye un primer paso necesario, al que le han de seguir otros. Una vez asentado ese paso, lo siguiente es contribuir a construir un referente social no izquierdista que pueda aportar seriedad y un compromiso real en la lucha contra la sociedad tecnoindustrial. Un pilar básico en ello ha de ser el valor de la autonomía de lo salvaje. Seguramente no sea una tarea sencilla, pero sólo la conformidad es fácil en estos tiempos difíciles.

18 de febrero de 2016

Izquierdismo: ¿Cuál es el Problema? (2ª parte)



Segundo problema: los fines personales marcan la pauta

El izquierdismo también se mantiene y desarrolla cuando las personas intentan solucionar sus problemas individuales mediante la actividad política. Detrás de una fachada de altruismo, generosidad y buena intención, encontramos que muchas personas se meten en actividades políticas porque no han podido experimentar el “proceso de poder” de un modo adecuado. Cuando esto ocurre, hay quienes encuentran satisfacción organizando actividades entretenidas o quienes encuentran satisfacción en acumular poder o reconocimiento. Esas actividades no necesariamente son eficaces respecto a los fines políticos declarados, pero entretienen; de ahí la proliferación de actos más propios de la animación sociocultural en las últimas décadas. Es cierto que crean adhesión y refuerzan el sentido de pertenencia a la corriente izquierdista de turno; sin embargo, son poco más que actividades sustitutorias.
No es difícil encontrar en las organizaciones e instituciones izquierdistas pruebas y comportamientos que desmienten una y otra vez sus anhelados fines políticos. No se trata solamente de que esos fines políticos puedan mejorar el sistema social actual, sino que, en muchas ocasiones, son irrealizables para los seres humanos. Al menos, para los seres humanos tal y como los conocemos hoy día. Si los Homo sapiens de hoy fuesen modificados en su naturaleza gracias a los avances tecnológicos, el cantar podría ser otro. El coste de avances similares ya los está sintiendo todo el planeta en la actualidad. En su empeño por alcanzar esos fines, no importa que la gente se tenga que adaptar a situaciones y modos de vida cada vez más artificiales. Esto no se puede considerar como algo positivo ni siquiera para los propios humanos. El alejamiento de la naturaleza salvaje, interna y externa a los individuos, no sale gratis. El fracaso a la hora de experimentar el “proceso de poder” es una prueba de ello.
Resumiendo, aunque muchos izquierdistas persiguen en el fondo fines personales (en el sentido de fines psicológicos propios) en sus actividades políticas, haciéndolo contribuyen a la búsqueda de unos fines políticos bastante peligrosos para la misma naturaleza humana. Dada su implicación personal en el asunto, muchas veces ellos no pueden ni siquiera plantearse el tema en una discusión racional, con lo que se cierra un posible camino para limitar el problema del izquierdismo.

Tercer problema: Identificación con la rebeldía

Existe otro problema al que conviene prestar atención. El izquierdismo, por su propio carácter sobresocializado, critica abundantemente la sociedad hasta el punto de acaparar toda la crítica, de acoger en su seno cualquier argumento que le sirva a la hora de quejarse de lo mal que va la sociedad. No suele tener mucha importancia si esa crítica es coherente y compatible en todas sus partes, lo importante es quejarse; el motivo concreto no parece ser muy relevante. De ahí, el énfasis que se da a la tolerancia de opiniones y a la pluralidad de posicionamientos (siempre que sean “críticos”, un eufemismo que cada corriente interpreta de una manera). Con esto no se quiere decir que dicha tolerancia exista y no se den dogmatismos, solamente se está señalando un mecanismo por el que el izquierdismo tiende a absorber aquellas posturas contrarias a algunos rasgos de la sociedad en la que vivimos.
De este modo, cuando las personas ven, reflexionan o sienten que esta sociedad tiene un carácter intrínsecamente malo, el único ‘sitio’ al que pueden acudir y, de hecho, acuden es al izquierdismo. Y el izquierdismo lo que hace es anular de diversas maneras esas ganas de desechar esta sociedad, canalizándolas en actividades políticas inútiles o transformándolas en una corriente de mejora de esa misma sociedad. La parte “radical”, “alternativa” o “revolucionaria” del izquierdismo no es una excepción a esto, sino un ejemplo. Esta parte se compone de distintas corrientes, pero siempre presentan la caracterización y los valores  izquierdistas mencionados al principio de este artículo. En España, tenemos a la vista distintos movimientos u organizaciones nacionalistas independentistas revolucionarias, anticapitalistas, sindicatos revolucionarios, organizaciones animalistas, ecologistas, antiautoritarias, antiindustriales, feministas radicales, y un largo etcétera. El lector, si se molesta, podrá observar en ellos los problemas que aquí se indican.
Esta parte “revolucionaria” del izquierdismo está muy lastrada por su tradición de “lucha contra la sociedad”. Las temáticas de su discurso suelen ser reduccionistas, centrándose en aspectos concretos de la sociedad dándoles una importancia que no tienen en la realidad, menospreciando y olvidando otros bastante más importantes. Si buscáramos el ejemplo más clásico de un discurso de este tipo, el de la llamada lucha de clases encajaría a la perfección en nuestra búsqueda. Esa tradición de lucha refleja también componentes irracionales del izquierdismo, que limitan la crítica interna. El relativismo y sus dogmas, el culto a la personalidad, a las organizaciones, al prestigio de ciertos militantes, a las autoridades intelectuales, etcétera, se utilizan muy bien para los fines personales de los que hablé en el punto anterior. Y es que la “revolución” del izquierdismo no se puede considerar loable, ni mucho menos algo deseable. Su función real en esta sociedad es la de ser un agujero negro donde se anulan las ganas de muchas personas de rebelarse verdaderamente contra esta sociedad.

8 de junio de 2014

Izquierdismo: ¿Cuál es el Problema? (1ª parte)



Aunque el término “Izquierda” se usa hoy día con mucha frecuencia en las discusiones sobre política, el término “Izquierdismo” apenas se utiliza. Con frecuencia se usan los dos términos sin saber claramente a lo que se refieren. Así, en muchas ocasiones se puede plantear la duda de si tal organización o tal persona son de izquierdas. Además de la ambigüedad en el uso de los términos, ocurre que según los criterios que se usen alguien podrá ser de izquierdas unas veces y otras no. Y para añadir más jaleo al asunto hay gente de izquierdas que dicen que no son de izquierdas.
Por otro lado, en una sociedad de masas las cuestiones políticas se tienen que tratar a un nivel lo suficientemente simple como para que pueda ser comprendida por toda la población (o su mayoría). Esto implica que los asuntos complejos son simplificados hasta el punto que los representantes políticos parecen simples manipuladores en busca del beneficio de su bando. Por eso, en estas condiciones, un análisis crítico que afecte más a un bando siempre será malinterpretado por alguna de las partes para usarlo a su favor en el juego Derecha-Izquierda, aunque esa no sea su intención. Analizar el izquierdismo no implica defender a la Derecha política, a pesar de que algunos lo vean así. El enfoque de este artículo no seguirá en esa línea puesto que está en unas coordenadas totalmente distintas y alejadas de las perspectivas dicotómicas de la política convencional.
Este artículo se centrará más en los conceptos que en los términos lingüísticos empleados para designarlos. Es una cuestión de no perder el tiempo ni hacérselo perder al lector.

Ser de Izquierdas y ser Izquierdista
Para empezar, conviene aclarar lo que estos conceptos significan en este artículo y quedarse con la idea de lo que se quiere decir antes que con el término o la etiqueta que se le pone a cada concepto. Así pues, ¿qué es ser de izquierdas? Brevemente se podría decir que es creer que la sociedad debe organizarse para cuidar de todas las personas por igual, asegurarlas un mínimo bienestar y garantizarlas que algunas de sus necesidades estén satisfechas. Por tanto, los ideales que asume por lo general una persona de izquierdas son la igualdad, la solidaridad más allá de los allegados y la felicidad. Claro, estos ideales pueden ser entendidos de muy diversas maneras: dependiendo de a quiénes se quieran aplicar, es decir, la escala a la que se desean implantar (regional, nacional, mundial, universal), se obtiene una corriente de izquierdas u otra. Y lo mismo para las distintas interpretaciones de “igualdad” o “felicidad”. La Izquierda se caracteriza por una amplia pluralidad de corrientes. Quizá incluso pueda darse el caso de que algunas corrientes estén enfrentadas irremediablemente (o eso aparentan algunas veces). Antes se mencionó que había gente de izquierdas que negaba pertenecer a la Izquierda, ejemplo de ello son la gran mayoría de los anarquistas: tienen valores de izquierdas, pero aseguran no pertenecer a ella.
Por otro lado, ¿qué es ser izquierdista? Ser izquierdista no se va a usar como sinónimo completo de ser de izquierdas. La razón es la siguiente: resulta de gran interés distinguir entre los ideales y las actitudes psicológicas (y el comportamiento que ellas inducen) porque nos señalan matices importantes que no deberían pasar desapercibidos. Si bien no existe un rasgo psicológico definitorio de una persona izquierdista, sí existen una serie de rasgos psicológicos que se dan con una frecuencia notoria entre las personas izquierdistas, de modo que pueden ser indicadores bastante fiables. No puede haber una fiabilidad total debido a que el comportamiento humano es muy versátil y puede estar causado por diferentes motivos. Por ejemplo, mientras que en una persona uno de esos rasgos la conducen a ser izquierdista, otra puede serlo simplemente por imitación de sus amigos (“como lo hacen los demás…”).
Considerándolo como una categoría tipo, el izquierdista se caracteriza por tener unas actitudes psicológicas concretas. Si uso izquierdista, que comparte raíz semántica con Izquierda, es porque la mayoría de la gente de izquierdas presenta también esas actitudes, aunque no sean comunes a todos. Es decir, ser de izquierdas y ser izquierdista son características que vienen asociadas muy a menudo. Respecto a la definición de izquierdista en la que cuenta la actitud psicológica, hay dos enfoques a considerar. Uno, cómo desarrolla su vida una persona y dos, cómo la sociedad influye sobre ella.
En la actualidad, las personas que viven en la sociedad tecnoindustrial están enfrentadas al hecho de la ausencia de metas significativas en sus vidas. Cuando se oye hablar tanto de sensación de vacío, de malestar psicológico, de depresiones y otros problemas psicológicos, resulta inevitable preguntarse qué está ocurriendo. Hay que tener presente que esta sociedad ha permitido a las personas realizar multitud de actividades que nunca antes los seres humanos habían realizado. Y aun así, hay personas que se sienten vacías en sus vidas o algo menos que inútiles. Muy posiblemente la clave se encuentre en el modo en que esta sociedad obliga a vivir a la gente, entrometiéndose en aspectos importantes de la vida humana. Los seres humanos, por naturaleza, buscan alcanzar algunos objetivos vitales empleando cierta cantidad de esfuerzo y, en mayor o menor grado, a su manera; es decir, con autonomía. Intentar alcanzar esa clase de objetivos (objetivos que son importantes para su existencia como conseguir alimento, un lugar donde vivir o un compañero sexual) esforzándose y sintiéndose partícipe de cómo se alcanzan, le da aliciente a la vida; de hecho, para muchos es la salsa de la vida. Pero ocurre que en esta sociedad o bien los objetivos vitales significativos están asegurados con un esfuerzo mínimo o bien se alcanzan siguiendo un proceso excesivamente pautado por reglamentaciones y normas de todo tipo. (En algunos casos, algunos de esos objetivos son directamente inalcanzables). El lector tendrá que disculpar la generalización, seguramente no todo el mundo viva de esa manera, pero sí es cierto que la mayoría en esta sociedad sí lo hace. Así es como una persona corriente se ve obligada a llevar su vida: de un modo insatisfactorio respecto al proceso descrito antes, denominado por algunos “proceso de poder” o “proceso de autonomía”. Ante esta insatisfacción, se buscan todo tipo de actividades que entretengan, que den sentido a la vida, que produzcan lo que esta vida se niega a darles. Así, la gente es capaz de cualquier cosa con tal de huir del aburrimiento, del tedio; bueno, en general, es capaz de hacer cualquier cosa con tal de obtener algo significativo en su vida aunque no acaban de saber lo que buscan.
El segundo enfoque trata sobre el modo en el que la sociedad influye y condiciona a las personas. Desde hace tiempo, la sociedad viene incrementando su capacidad para influir en los individuos. Diversas instituciones tienen como cometido conseguir que la gente se comporte de un modo determinado para que participe de modo óptimo en el funcionamiento de la sociedad tecnoindustrial. Es decir, se encargan de socializar a los individuos para que puedan realizar lo mejor posible las tareas que la sociedad, como sistema, “necesita” que se realicen. Estas instituciones han alcanzado un gran control sobre lo que la gente puede llegar a pensar y a hacer. En algunos casos, las personas llegan a asimilar en lo más profundo de su ser lo que la sociedad les ha “enseñado”. Los valores de la sociedad quedan así bien inculcados en el proceso de socialización.
Pues bien, teniendo en cuenta todo esto, llegamos al hecho de que una persona izquierdista puede ser caracterizada por un alto grado de socialización, es decir, ha asumido hondamente los valores de la sociedad (igualdad, solidaridad a gran escala, etc.). Y dado que su vida sería insatisfactoria respecto al proceso de poder, es decir, no tendría unos objetivos significativos por los que esforzarse de una manera que pueda considerar suya, esa persona utilizaría la política como campo en el que buscar algo que apague su insatisfacción. El resultado, por lo común, suele ser que utiliza los valores de la sociedad para criticar a la misma sociedad. Esto significa criticar a la sociedad por su mal funcionamiento, significa buscar las contradicciones que la sociedad tiene entre sus valores declarados y su funcionamiento, significa llevar una lucha política que, en el fondo, trata de mejorar el funcionamiento de la sociedad.
Finalmente, bajo estos enfoques, el izquierdismo sería a la Izquierda lo que izquierdista es a ser de izquierdas. No serían totalmente lo mismo, pero casi. El izquierdismo no sólo es ideología (un sistema de ideas de izquierdas en su mayoría) sino que se caracteriza también por unas actitudes psicológicas que le inclinan hacia esas ideas. Desde hace décadas, la tendencia del izquierdismo es a ser el componente social más preponderante, en cuanto a ideología y en cuanto a actividades. Se podrá decir que la Derecha todavía tiene mucha fuerza y relevancia social, pero, como ha apuntado algún observador, desde hace tiempo la derecha está “jugando” al juego cuyas reglas las marca el izquierdismo. Los temas de la agenda política actual son en su mayoría temas que fija la Izquierda. La Derecha está a la defensiva e, ideológicamente al menos, rezagada. Algunos ejemplos de esos temas son el matrimonio entre homosexuales, el aborto, los servicios sociales, la igualdad de géneros, etc. La rapidez con la que se ha producido este cambio es una muestra más de los cambios vertiginosos que se están dando en la sociedad tecnoindustrial (crecimiento poblacional, concentración en grandes núcleos de población, desarrollo de todo tipo de infraestructuras y tecnologías, intentos cada vez más numerosos de gestión de la naturaleza, etc.). Unos cambios que parece que no se detendrán en las próximas décadas y que amenazan la libertad humana y la naturaleza salvaje de una manera nunca antes conocida.
A esta definición de izquierdista se le podría objetar que no es posible meterse dentro de la cabeza de la gente, saber lo que piensa y lo que la guía. Desde luego es un tema difícil, con bastantes dificultades empíricas. Pero, después de haber observado durante años al izquierdismo, incluso haber participado en él, sí que me atrevo a describir la psicología que se encuentra detrás de patrones de conducta recurrentes, que se han dado en diferentes lugares y momentos en las últimas décadas. Existe un vínculo entre psicología izquierdista e ideología de izquierdas, de ahí que en diferentes lugares y momentos donde aparecen unas actitudes psicológicas determinadas se suelan dar unas actividades políticas concretas. Con todos los matices que se quiera, pero existe una correlación entre un fenómeno y otro. No reconocerla seguramente signifique ignorar uno de los más característicos problemas de la sociedad tecnoindustrial. Desconozco si el problema tiene solución (tampoco digo que sea un problema prioritario) pero, si ni siquiera se reconoce, difícilmente se podrá solucionar y, peor aún, seguirá entorpeciendo la resolución de los problemas verdaderamente importantes.


Primer problema: los fines políticos acaban por reforzar el desarrollo de la sociedad
El ideal de una sociedad igualitaria y solidaria en la que todo el mundo tuviese la posibilidad de ser feliz, inspira al izquierdismo. Pero estos ideales, estos fines políticos cumplen, inconscientemente o no, un papel en el presente. Y no es precisamente acercarse a ese futuro “idílico”. De hecho, la sociedad tecnoindustrial es una herramienta muy eficaz para considerar y probar esos fines izquierdistas. Fijémonos bien que valores como la igualdad y la solidaridad a gran escala lo que hacen es optimizar el funcionamiento de esta sociedad. Evitando que las personas sean discriminadas por su sexo, su raza, su etnia, su nacionalidad, etc., se consigue disponer de la potencialidad de personas válidas para desarrollar las tareas necesarias dentro de la sociedad actual. Si existiera alguna de esas discriminaciones o prejuicios, ese potencial se perdería, se desaprovecharía. Lo mismo ocurre con la solidaridad. El izquierdismo potencia una solidaridad extensiva en contra muchas veces de la solidaridad natural que se da entre los seres humanos, aquella dirigida hacia familiares y allegados. El nepotismo (favorecer a los parientes) ahora se considera más un problema que algo positivo o normal, dado que es un trato discriminatorio, contrario a criterios de eficiencia o mérito que deberían predominar en un sistema social en funcionamiento óptimo. Se necesita que la solidaridad vaya más allá de los grupos pequeños y se extienda a toda la sociedad para que la cooperación entre las distintas partes de la sociedad funcione mejor. En una sociedad muy especializada como ésta, unos dependen de otros para vivir, si no cooperasen sería una catástrofe. Por eso, alentarles a cooperar puede mejorar el funcionamiento de la sociedad.
Como se viene diciendo en esta revista, el desarrollo y el funcionamiento de la sociedad tecnoindustrial suponen el impedimento de la libertad humana y de la autonomía de lo salvaje. Así que el izquierdismo, bajo su apariencia de bienintencionado, lo que provoca es un empeoramiento de la situación cuando persigue esos fines políticos. Seguramente, agrave los problemas psicológicos que ya tiene la gente cuando consiga asegurar a todo el mundo un bienestar o una felicidad básica. Como ya se dijo antes, las personas lo que necesitan es hacer cosas importantes para su vida por sí mismas, experimentar su propia valía en las actividades significativas de la vida. Y seguramente también, la solución a esos problemas psicológicos se busque en nuevos desarrollos tecnológicos, como nuevos medicamentos o nuevas tecnologías médicas que “solucionen” los problemas, es decir, terminen solamente con sus síntomas o los enmascaren.

2 de mayo de 2013

UN PENSAMIENTO INMADURO (6ª PARTE)


Comentarios finales

A lo largo de este artículo, han ido saliendo bastantes ideas que difícilmente pueden resumirse en unos pocos párrafos. Así que solamente quedarán destacadas algunas. Para empezar, la postura adoptada aquí respecto a la naturaleza consiste en tomar como valor fundamental la autonomía de la naturaleza salvaje. De ahí como punto de partida, ha quedado constatado que la sociedad tecnoindustrial es incompatible con ella. No hay manera de conciliar las tendencias intrínsecas de una con las tendencias intrínsecas de otra. Las implicaciones de esto son claras: es necesario el fin de la sociedad tecnoindustrial para preservar y recuperar la autonomía de lo salvaje. Sin embargo, no es habitual llegar a tales conclusiones. Esto posiblemente se deba a nuestra limitada capacidad de raciocinio. Como animales parcialmente racionales, los humanos no nos movemos bien en las valoraciones generales y abstractas, ni siquiera en la sociedad actual que tiene desarrollados métodos para tales tareas. Si además están involucrados nuestros sentimientos y necesidades psicológicas, nuestro razonar se ve más entorpecido todavía. Se hacen valoraciones partiendo de puntos de vista personales, generalizaciones a la vista de escasos datos, etc., de modo que no sólo se cae en la irracionalidad sino que se trata con ello de cumplir con ciertas expectativas y convenciones sociales o de acceder a satisfacer ciertas necesidades psicológicas. En otros lugares de este artículo, se mencionaron el caso de las actividades sustitutorias y del izquierdismo, así como ciertos resortes de las tendencias humanas dados por nuestra naturaleza. No obstante, todos estos entorpecimientos no son un impedimento absoluto, algunos defendemos esas conclusiones.
En mi opinión, conviene albergar mucho escepticismo acerca de la posibilidad de que el ecologismo mute sus posiciones sobre la naturaleza de la sociedad tecnoindustrial, la naturaleza humana o el sistema tecnológico. Las razones de ello han ido asomando aquí y allá y podrían resumirse en “así viene rodado”. Una dinámica de una organización o de un movimiento no se modifica con argumentaciones racionales, muy a pesar de humanistas con su idea de ser humano como ser racional. Una prueba de ello es la existencia de organizaciones o movimientos centenarios que resisten muy bien en sus estupideces y chaladuras.
El sistema tecnológico, el esqueleto y la musculatura de la sociedad tecnoindustrial, ha sido descrito aquí como un sistema predominante, cohesionado y expansivo. Estas características señalan puntos críticos en los problemas que causa la sociedad tecnoindustrial:

  • el sistema tecnológico marca la pauta en la evolución de esta sociedad, por encima de cualquier otro factor,
  •  no es posible separar y seleccionar unas partes “mejores” sin que vayan acompañadas de otras partes “peores”,
  • el sistema tecnológico alimenta la dinámica de crecimiento y expansión que tanto está perjudicando a la naturaleza salvaje.

Este análisis tiene muy poco que ver con aquellos que centran su crítica en los excesos de la opulencia y en el derroche de “recursos”, es decir, los que señalan la grasa de más que hay en el cuerpo, cuando los problemas se extienden por todo él.
¿Cómo se relaciona el sistema tecnológico con la naturaleza salvaje? Intentando captar, y extraer tanta energía y tantas “materias primas”, respectivamente, como sea posible. Esto significa intervenir de forma profunda en los ciclos de autorregulación de los ecosistemas y, para obtener energía y materias primas de forma continuada, estable y en cantidades crecientes, tiende a gestionarlos, a domesticar la naturaleza como conjunto y a trastocar seriamente los procesos de evolución natural. Un ejemplo significativo de esto es la gestión hidráulica de un número creciente de ríos del planeta.
¿Cómo logra el sistema tecnológico que sus tendencias de desarrollo prevalezcan? Entre otras cosas, el desarrollo tecnológico modifica lo que es ventajoso y lo que es desventajoso en las decisiones de los individuos. Estos, cuando una nueva tecnología se introduce en la sociedad, perciben, de un modo u otro, tarde o temprano, que los costes y los beneficios vinculados al campo donde se aplica esa tecnología han cambiado. La relación costes-beneficios se ve trastocada y las decisiones se inclinan hacia la nueva tecnología ya sea por la eficiencia de esa tecnología, por la dependencia generada a la sociedad, por una campaña de marketing eficaz (basada en promesas de eficiencias y mejoras), etc. Una vez adoptada una tecnología de esta manera es muy difícil abandonarla y volver a la etapa de costes-beneficios precedente. Pensemos en las dificultades que conllevaría la vuelta a un vehículo de tracción animal en las circunstancias actuales. Esta es la forma más accesible para los individuos de observar la importancia del desarrollo tecnológico, sin embargo, el sistema tecnológico evoluciona y se desarrolla con una inercia que no está en muchas ocasiones al alcance de decisiones individuales. No sólo porque estas decisiones puedan no ser relevantes ni afectar al proceso global, sino que los hechos importantes ni siquiera sean objeto de decisiones de los individuos. O, si se prefiere, hablaríamos de comportamiento individual en vez de toma de decisiones puesto que los humanos, según parece, emprendemos en muchísimas ocasiones nuestras acciones sin realizar antes un proceso de toma de decisión racional. Nuestra mente no sólo se guía por los análisis más o menos lógicos, sino que además se ve empujada por tendencias innatas, tendencias no conscientes, etc. Sea como sea, la inercia del sistema tecnológico también repercute en el conjunto de la sociedad en aspectos fundamentales. Esto significa simplemente que su modo de funcionar empuja a la sociedad hacia determinadas direcciones. Como esto irremediablemente está relacionado con el comportamiento humano, con las decisiones individuales y con las decisiones de grandes organizaciones e instituciones, puede parecer que el problema radica en lo que la gente decide, desea o hace y en decisiones empresariales o políticas, cuando tiene orígenes más profundos y complejos.
El desarrollo tecnológico se justifica muy a menudo como una muestra de libertad, en el sentido de que puede ser fruto de la creatividad e iniciativa de algún inventor o que ofrece nuevas posibilidades y opciones a quien utilice sus aparatos. En este sentido,  ‘libertad’ se entiende como elección entre múltiples posibilidades, cuantas más posibilidades mayor libertad. Es un sentido del término que tiene cierta trampa, puesto que no entra en el meollo: decidir en qué. Si nos fijamos, la tendencia principal que alimenta esta manera de entender la libertad se dirige hacia generar nuevas posibilidades de elección en un mundo virtual, al mismo tiempo que en el mundo más mundano y menos computerizado aumentan paulatinamente las restricciones, las cuales van irremediablemente asociadas al desarrollo tecnoindustrial. ¿Decidir en qué? El meollo debería residir en el cuarto elemento del “proceso de poder”: la autonomía. Una autonomía que, como potencialidad, nuestra especie recibió en herencia del mundo al que pertenecemos en el fondo, la naturaleza salvaje. Todos los gadgets del mundo no van a cambiar eso y, mientras la sociedad tecnoindustrial continúe existiendo, no habrá espacio para la libertad de verdad e importante, malamente para su copia virtual.


7 de noviembre de 2012

UN PENSAMIENTO INMADURO (5ª PARTE)

II. EL SECTOR ECONÓMICO DEL MEDIO AMBIENTE

Hoy día, se puede poner en seria duda que aquello que se califica positivamente de “ecológico” y “natural” sea respetuoso con la naturaleza salvaje, incluso con la naturaleza transformada y gestionada por la sociedad contemporánea. Uno de los “éxitos” del ecologismo ha sido la creación de un nuevo criterio de evaluación de los productos comerciales. Algunos de ellos se comercializan bajo etiquetas del tipo “ecológico”, “respetuoso con el medio ambiente”, etc., como si fueran características destacables a la altura de otros criterios como el precio o alguna medida de calidad. Obviamente, la industria del marketing y de la publicidad hace uso de este nuevo criterio de la única manera que conoce (su objetivo primordial es que la gente compre lo que promocionan). Así es como “lo verde” se ha trivializado profundamente. Coches ecológicos, detergentes respetuosos con el medio ambiente, lavadoras verdes,… A veces, algunas organizaciones ecologistas se quejan de los engaños que la industria de la publicidad realiza a costa de usar “lo verde”. Hablan, por ejemplo, de los lavados de imagen que se dan grandes compañías de la producción de energía. Sin embargo, esto está ocurriendo, en parte, por la ingenuidad “bienintencionada” del propio ecologismo. Creyeron (y creen), erróneamente, que la sociedad tecnoindustrial podía (y puede) ser concienciada del daño que hace a la naturaleza y encauzarla en una dirección de respeto. No analizaron y no analizan la realidad con acierto en al menos unos cuantos puntos, los que han sido tratados aquí. Consideran que teniendo un coche ecológico, bombillas nuevas o cualquier otro producto “verde” se comienzan a solucionar los problemas ecológicos del mundo. ¿A qué se debe esto? Sin duda, la publicidad tendrá buena parte del mérito, pero no abarca toda la explicación posible. Pienso que parte de culpa está también en el componente izquierdista que el ecologismo ha tenido desde sus inicios (al menos en España). Los que entonces (años 70 del siglo XX) se conocían como “los rebotados de los marxismos y las acracias” han ayudado a formar una agenda política singular, en parte propia y en parte prestada. ‘Ecosocialismo’ es un término bastante apropiado para lo que es hoy el ecologismo español con sus temáticas sociales a la orden del día (justicia social, pobreza, exclusión social, etc.). Esta ideología es una de las razones por las que no se asume la realidad tal y como es. (Próximamente, estará accesible el artículo “Izquierdismo: ¿cuál es el problema?” para una discusión más detallada del izquierdismo).

El uso publicitario de “lo verde” o su carácter político izquierdista no engloban todo lo que se encuentra detrás de esa etiqueta. También hay un fervor por las nuevas tecnologías y un progreso tecnológico salvador. En consecuencia, es habitual que, detrás de “lo verde”, “lo natural”, “lo ecológico”, esté la promoción de nuevas tecnologías que supuestamente son respetuosas con la naturaleza. El orgullo patrio se infla al saber que “somos” una potencia mundial en tecnología eólica y solar. Además, se resaltan la potencialidad de la energía mareomotriz y lo punteros que son algunos laboratorios en la investigación de biocombustibles y biomasa. Hay quienes ya han pronosticado que, en unas décadas, España podría proveerse únicamente con “energías renovables”. Esta situación también tiene su lógica: cuando se presenta una nueva tecnología, se promocionan sus posibles efectos positivos. En su publicidad, no se van a detallar sus efectos negativos, aunque se conocieran. Las consecuencias de la introducción y generalización de una nueva tecnología en una sociedad son, en gran parte, desconocidas; incluso hay consecuencias que empiezan a ser reconocibles décadas después de la implantación de esa tecnología. Por ejemplo, ¿quién iba a pensar hace sólo unas cuantas décadas que el uso generalizado y masivo de los combustibles fósiles podría provocar, entre otras muchas cosas, un cambio climático a nivel planetario? He aquí una anécdota muy ilustrativa: una de las ventajas que se destacaba de los primeros automóviles era que no ensuciaban (por entonces se los comparaba con los carruajes tirados por animales que podían soltar sus excrementos en mitad de la calle).

Añadido a esto, se encuentran los hechos constatables que rodean las nuevas tecnologías que aprovechan las energías renovables como el viento y la energía que nos llega del sol. Son industria pesada, siguen teniendo características similares a la industria convencional: fabricación y transporte de miles de toneladas de materiales procedentes de los lugares más dispares. Se diferencian en cosas tales como los gases que emiten o no emiten, pero su carácter de sistema interdependiente, que impide la autonomía de los pequeños grupos y transforma los ecosistemas a peor, sigue ahí. Por ejemplo, es de ingenuos pensar que un aerogenerador surge por generación espontánea, y no por la elaboración de toneladas de acero, fibra de vidrio, cemento, motores, componentes electrónicos, etc.

El desarrollo de esta rama de la industria conlleva la aparición de más técnicos y expertos que integran nuevas grandes organizaciones con su inevitable amenaza de la libertad individual. Pero el sector económico del medio ambiente no se queda sólo ahí. La industrialización ha permitido la intensificación y extensión de la explotación de la naturaleza. Pero ésta, si no se gestiona con cierta previsión y precisión, provoca inesperados inconvenientes a la sociedad. Los ingenieros de montes fueron en su día necesarios para una “adecuada y racional” explotación maderera. Hoy día este tipo de expertos en la gestión de la naturaleza son cada vez más abundantes. Pero su trabajo consiste en asegurar la productividad de los ecosistemas gestionados y garantizar los “servicios” que la naturaleza ofrece a esta sociedad. Seguramente hablen de equilibrios naturales, de respeto a los ciclos naturales, etc., pero su trabajo está muy lejos de la defensa de la autonomía de la naturaleza salvaje. Como parte de un sector económico de la sociedad actual, contribuyen a someter esa autonomía a las necesidades de la sociedad y a someter a las personas a las nuevas regulaciones y normativas “verdes”.

En resumen, detrás de todo esto de “lo verde” y “lo natural”, se encuentra en la mayoría de las ocasiones el desarrollo del sistema tecnológico que inevitablemente impide la autorregulación de la naturaleza salvaje y la libertad individual y de los pequeños grupos de personas. Y éste es un problema lo suficientemente serio como para no entretenerse con discusiones técnicas del tipo: energía nuclear sí-energía nuclear no, molinos aquí-molinos allá, tren por aquí-tren por allá, despilfarro energético-sostenibilidad.

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23 de agosto de 2012

El Antropoceno

En la comunidad científica, son dados al uso de neologismos para designar nuevos conceptos o ideas. En algunos casos, el ingenio lingüístico llega a superar al ingenio científico y la renovación de vocablos es muy elevada y bastante fútil, por otra parte. Las ciencias sociales son un buen ejemplo de ello, en especial la sociología. Así, se puede encontrar uno con que la “sociedad industrial” es un término ya obsoleto y que no se corresponde ya con la realidad. Una posible conclusión de esto es que uno ya no necesita leerse un libro como La sociedad industrial y su futuro, pudiendo juzgarlo simplemente por su obsoleto título. El problema de esta innovación lingüística viene cuando está guiada por el afán de hacerse notar, de comulgar con un grupo de “iniciados”, de rivalidades personales, etc. En un libro del que se habló aquí hace poco, lo explicaban así: “[En los últimos tres siglos], la ciencia ha erigido pieza a pieza una nueva Torre de Babel del conocimiento, castigada —como en mito bíblico— con el castigo de la proliferación de lenguajes incompresibles que impiden la comunicación entre científicos de distintas disciplinas. De entre los millones de documentos científicos publicados anualmente, sólo una fracción mínima (< 0,1%) son comprensibles a un investigador dado, que sólo consigue ojear —no ya leer— una de cada 10.000 publicaciones.” (Cambio Global, Pág. 135).

Más allá del problema de la saturación de información al que no sólo los científicos tienen que enfrentarse hoy día (cualquier persona que utilice un poco Internet conoce de primera mano la cantidad desbordante de morralla que contiene), el ‘castigo’ que tiene la comunidad científica son las propias motivaciones psicológicas de los científicos. Como tantas otras personas en la sociedad tecnoindustrial, tratan de satisfacer el proceso de poder a través de una actividad sustitutoria con una autonomía limitada. “Con posibles raras excepciones, su motivo principal no es ni la curiosidad ni el deseo de beneficiar a la humanidad sino la necesidad de experimentar el proceso de poder: tener una meta (un problema científico que resolver), hacer un esfuerzo (investigar) y alcanzar la meta (resolver el problema). La ciencia es una actividad sustitutoria debido a que los científicos trabajan principalmente por la satisfacción que les reporta realizar su trabajo. Por supuesto, no es algo tan simple. Otros motivos juegan un papel importante para muchos científicos. El dinero y el estatus por ejemplo. [...] la ciencia continúa adelante ciegamente, sin respeto por el verdadero bienestar de la raza humana ni por ningún otro criterio, obedeciendo solamente a las necesidades psicológicas de los científicos así como a las de los cargos de la administración del gobierno y de los directivos de las grandes empresas que aportan los fondos para la investigación.” (La sociedad industrial y su futuro, Págs. 68-69)

¿Es el término ‘Antropoceno’ una innovación adecuada? A juzgar por la definición, no lo es. Esta nueva era geológica en la historia del planeta en la que la humanidad ha emergido como una nueva fuerza capaz de controlar los procesos fundamentales de la biosfera es lo que designa el término ‘Antropoceno’. De entre todos los sistemas sociales que la humanidad ha desarrollado en su historia, ha sido una civilización con un elevado desarrollo tecnológico (es decir, la sociedad tecnoindustrial) la que ha logrado la desastrosa proeza de alterar los procesos fundamentales de la biosfera. Proeza que no alcanzaron otros sistemas sociales humanos por muy nefastos que fueran para la naturaleza salvaje. Luego es un tanto exagerado caracterizar a toda la humanidad de esa manera. También es una exageración poner el énfasis en la capacidad de control sobre los procesos fundamentales de la biosfera. Los efectos sobre estos procesos han sido más bien involuntarios o efectos colaterales de otras acciones, por ejemplo, el cambio climático. Y el clima no puede considerarse que esté bajo el control de la humanidad, aunque la aspiración y el desarrollo de la civilización tecnoindustrial vayan por esos derroteros. No obstante, hay una cosa que sí puede apuntarse en el haber del término ‘Antropoceno’: ilustra pormenorizadamente las nefastas consecuencias que tiene sobre la naturaleza salvaje la sociedad tecnoindustrial. La creación de un hábitat totalmente artificial, una tecnoesfera mundial o la artificialización de toda la biosfera son los últimos delirios de una civilización en guerra continua contra lo salvaje. Se puede encontrar información relevante sobre estas consecuencias en la website The Antropocene. También en este artículo de la Encyclopedia of Earth se puede comenzar a indagar en las graves transformaciones de los ecosistemas terrestres.

Desde una perspectiva más visual, en los últimos años se han publicado un par de libros reseñables: La Tierra ayer y hoy. Impactantes imágenes de un mundo que cambia de Fred Pearce y Tierra Frágil. Vistas de un mundo cambiante.

En una escala regional, la llamada “ordenación del territorio” en el sentido de planificación y gestión artificial de la superficie terrestre produce programas como el SIGPAC donde aparece catalogado el estado en que se encuentra el territorio español.

2 de julio de 2012

UN PENSAMIENTO INMADURO (4ª PARTE)

d) El factor humano.
Otro de los aspectos que no se están reconociendo en el funcionamiento de la sociedad actual es lo que podríamos llamar el “factor humano”. Con esto me refiero a cómo nos solemos comportar gran parte de los humanos bajo unas circunstancias concretas. Existen varios comportamientos humanos que son importantes a la hora de comprender cómo son los procesos sociales. Aquí hablaremos de tres: los “cálculos” que se hacen para tomar una decisión, la relación con la autoridad y el poder, y el comportamiento izquierdista.
Normalmente, cuando uno toma una decisión, mira por su conveniencia. Valora la situación en la que está, las circunstancias que le rodean y se decanta por la opción que mejor le venga. A la hora de valorar lo que es mejor, se parte de unas referencias culturales y unas tendencias psicológicas. Así, uno decide lo que es mejor para él en función de sus creencias religiosas, políticas, económicas, etc., las inclinaciones hacia ciertos comportamientos dadas por su naturaleza, la información que tiene sobre lo que va a hacer y en qué contexto lo va a hacer, y su estado de ánimo. Por todas estas variables de distinta índole involucradas, este proceso de decisión raramente es un proceso totalmente racional. Además, sólo suele valorar, y tener en cuenta en la decisión, las consecuencias sobre un grupo reducido de personas y cosas. La Izquierda y la Derecha políticas tratan de modificar esa tendencia, promoviendo ciertos valores colectivistas para que el individuo no busque tanto su conveniencia y la de los suyos. Por supuesto, no son los únicos grupos sociales que tratan de influir en las decisiones de las personas. De hecho, es poca la gente que es capaz de mostrar el espíritu crítico y la valentía suficientes como para valorar las cosas por su propia cuenta, sin seguir lo que la mayoría, o el grupo al que pertenecen, hace. La voluntad humana se ha mostrado muy voluble a lo largo de la historia y muy predispuesta a adaptarse a lo que la corriente predominante ha opinado y ha hecho. Desde luego, en esa flexibilidad la gente ha encontrado beneficios de diverso tipo. Consideradas así las cosas, se puede llegar a entender la facilidad con la que las personas toman decisiones que perjudican a la naturaleza y les benefician a ellas. Al fin y al cabo, los costes que recaen sobre la naturaleza no son asumidos por esas personas. Pero algo importante aquí es darse cuenta de que esas decisiones no sólo se toman así por valorar más lo humano, y lo económico-monetario en concreto, sino que detrás de ellas se encuentra el modo de funcionar de la mente humana. Ésta evalúa, en una situación dada, lo que se puede sacar de provecho y decantarse por lo más ventajoso (o lo menos desventajoso). Aquí se está hablando en términos de promedio en el comportamiento humano, de tendencia general, no de una norma o una ley que todo el mundo cumple (aunque según variemos lo que consideremos “beneficioso” y “desventajoso” posiblemente todo el mundo lo acabaría cumpliendo). Esta tendencia general está en la base del comportamiento humano y es un elemento central en lo que se denomina “la tragedia de los recursos comunes”. Esta expresión se ha usado para referirse a la clase de problemas en los que el comportamiento de las personas, al utilizar un recurso común, desemboca en la desaparición o deterioro de ese recurso.
Muy a menudo la gente actúa así. Considera beneficioso aprovecharse todo lo que pueda o necesite de un recurso natural y lo hace si nada se lo impide. Incluso si no lo considerase beneficioso a priori, su situación social, su lugar en el sistema productivo, sus relaciones sociales, etc., podrían llevarla a actuar de ese modo. Se suele decir que todo el mundo tiene un precio, que hay un punto a partir del cual los beneficios compensan los riesgos y los costes de una acción. Si no se ciega uno por los prejuicios, podrá observar muy a menudo que la gente acepta las compensaciones que empresas, instituciones, etc. ofrecen por dañar la naturaleza o por perjudicar su entorno. Son compensaciones que merecen la pena para ellos. La voluntad de una persona corriente no es difícil de comprar.
Pero hay más formas por las que una persona puede llegar a comportarse del modo contrario a lo que piensa correcto. Stanley Milgram, en sus conocidos experimentos [Milgram, Stanley: “Obediencia a la autoridad” en José R. Torregrosa y Eduardo Crespo, Estudios básicos de psicología social, 1984.], ya puso de manifiesto cómo una mayoría de personas acataban las órdenes de una autoridad reconocida de la sociedad tecnoindustrial, aunque no estuvieran de acuerdo con ellas. Otros experimentos (por ejemplo los de Philip Zimbardo) han puesto de manifiesto la relación entre la función social que realiza una persona y su comportamiento. Es bastante probable que esto tenga que ver con lo que significa su trabajo para muchas personas: una actividad sustitutoria. Ésta es aquella clase de actividad cuyo objetivo es la “autorrealización” pero cuya motivación se halla en el intento de experimentar el “proceso de poder”. El proceso de poder consiste en el proceso de alcanzar metas vitales importantes mediante el propio esfuerzo y teniendo cierto grado de autonomía en ese proceso. Es una especie de prueba de valía de cada cual, sólo que los objetivos son importantes y “prueba” no sería la mejor manera de llamarlo; se trata de un asunto serio, no una mera prueba. (Véase también el artículo “Izquierdismo: ¿cuál es el problema?”). También se han realizado multitud de experimentos donde se veía la facilidad con la que muchas personas amoldaban sus opiniones a las de la mayoría en un grupo. “Cuando las personas tienen que manifestar un juicio sobre algún aspecto de la realidad en presencia de otros, tienen dos preocupaciones principales: quieren tener razón y quieren dar una buena impresión a los demás. [...] Como dependemos de los demás para satisfacer una gran variedad de necesidades, es importante que maximicemos nuestro atractivo para ellos. En la medida en que el desacuerdo con los demás puede hacernos suponer que nos hará poco atractivos o incluso rechazados, y que el acuerdo provocará evaluaciones positivas y una pertenencia ininterrumpida al grupo, las personas somos inducidas a conformarnos a los juicios de los demás por razones normativas.” [van Avermaet, Eddy: “Influencia social en los pequeños grupos” en M. Hewstone, W. Stroebe, J. P. Codol y G. M. Stephenson (Dir.), Introducción a la psicología social. Una perspectiva europea, 1994, págs. 343-344.].
Los caminos para modificar la voluntad y la conducta de las personas son múltiples. Hemos visto algunas de las causas que pueden llevar a actuar a una persona corriente por conveniencia propia e, incluso, a actuar contra sus convicciones morales. Se pueden mencionar algunas causas más que cambian el comportamiento de las personas contra su voluntad. De entre estas últimas, la herramienta  más importante que tiene el sistema para provocar un cambio de comportamiento es la educación. La juventud se ve obligada durante años y años a recibir un adiestramiento para adaptarse a lo que la sociedad necesita de ellos. Se dirá que es por su propio bien; pero no por su propia voluntad que es de lo que se está hablando aquí. Pocos niños desean realmente ir al colegio a que les enseñen todas las materias que los profesores tienen preparadas. Puede que lo deseen porque allí están sus amigos o porque les interesa algo en concreto. Con el tiempo, la educación les va calando y, finalmente, muchos se convencen de sus “beneficios” y de lo “conveniente” que es.
Pero esta sociedad también dispone de otras herramientas de propaganda cuando no dispone del tiempo necesario. Las campañas de “concienciación”, la publicidad y otras técnicas comerciales están diseñadas para hacer que la gente cambie de opinión respecto a algo, o que simplemente haga algo que ni siquiera ha pensado. Hay una parte de la población que es susceptible a estas influencias.
Por último, si todavía después del uso de las herramientas anteriores, hay algunas personas que insistan en tener una voluntad contraria a los intereses del sistema tecnoindustrial, a éste siempre le queda la opción de amenazar, coaccionar o castigar a esas personas. La coerción es una herramienta más para modificar la conducta de las personas, aunque cada vez es menos relevante en una valoración global.

Al principio de este punto, he mencionado que uno de los comportamientos claves en esta sociedad era el comportamiento izquierdista. En este número de la revista, ya se le dedica un artículo (“Izquierdismo: ¿cuál es el problema?”) así que no entraré mucho en el tema. Esta clase de comportamiento influye en las críticas que se realizan a la sociedad actual y las encauzan hacia el cumplimiento de unas necesidades psicológicas. Con ello, las luchas establecidas contra el desarrollo de esta sociedad tienen el doble problema de estar supeditadas a las necesidades particulares de los izquierdistas y de tomar como referencia valores básicos de la sociedad como la solidaridad a gran escala, la igualdad, etc. Es decir, por un lado, bajo la apariencia de un comportamiento “solidario” y “bienintencionado”, los activistas buscan “autorrealizarse” (o imitar a los que lo buscan) supeditando todo lo demás a ello; y por el otro lado, debido a su alto grado de socialización, se dedican a corregir los defectos de la sociedad. Pero no cualquier defecto, sobre todo aquellos que hacen ineficiente su funcionamiento. Esto desemboca en que la sociedad tecnoindustrial esté mejor dotada y preparada para someter el funcionamiento de la naturaleza salvaje y la libertad. Otro problema asociado al izquierdismo es que, al ofrecer “soluciones” para problemas que a muchas personas les preocupan sinceramente (como puede ser el deterioro de la naturaleza), acapara la energía y el tiempo de esa gente en chorradas o en lo contrario de lo que pregonan (véase el punto II más adelante).

Resumiendo este punto sobre el “factor humano”, la sociedad tecnológica actual tiene una serie de “instrumentos” para manejar los procesos de cambio provocados por las conductas de la gente. Incluso, llega a provocar cambios de conductas según sus necesidades. Esto significa que está ya instaurado un sistema de medidas que recompensan, presionan, castigan o amortiguan el comportamiento de la gente de modo que la evolución de la sociedad (sin llegar a estar bajo control total) se dirige hacia el desarrollo y el progreso. Así, si una persona actúa contribuyendo en alguna forma a la prosperidad de la sociedad, ya sea por propia conveniencia o por presión social, a esa persona se la recompensa de alguna manera. Si una persona no se adapta a los requisitos del funcionamiento social, se la “reeduca” rápidamente. Si una persona tiende a rebelarse contra esta sociedad (por las razones que sean), se encuentra una serie de rebeliones “precocinadas” que encauzarán su rebeldía para corregir las ineficiencias de la propia sociedad; lo que da como resultado una optimización en el rumbo del desarrollo social.
Por lo dicho antes sobre la incompatibilidad entre esta sociedad y la naturaleza salvaje y lo dicho ahora sobre el modo en que esta sociedad condiciona el comportamiento de la gente, la conclusión razonable es que no se puede encauzar la manera en que evoluciona esta sociedad con los instrumentos que ella ofrece, es decir, no se puede corregir con reformas porque las pervertirá o impedirá. Incluso en el caso de que la mencionada incompatibilidad no fuese cierta, lograr algún tipo de compatibilidad entre sociedad tecnoindustrial y naturaleza salvaje estaría imposibilitada por la manera en que la sociedad maneja el comportamiento humano. Y la consecuencia de esto es que en cuanto a esta sociedad le convenga perjudicar a la naturaleza salvaje, lo hará. Sólo sería cuestión de tiempo. Hay que buscar otro camino y ese no es otro que encontrar la manera de deshacerse completamente la sociedad tecnoindustrial.
Es posible que se plantee una objeción a lo dicho hasta ahora: ¿por qué no usar los instrumentos de educación, de propaganda y de coerción de la sociedad para hacer que la gente se comporte de un modo “ecológico”? Pues, por tres razones fundamentales: primera, en las decisiones y el comportamiento de la gente prima mucho más, en términos generales, las circunstancias materiales que rodean a las personas (es decir, circunstancias ecológicas, tecnológicas, económicas o demográficas) que las circunstancias mentales (es decir, las ideas y valores morales, las opiniones políticas, etc.). La gente, por lo general, no actúa en conciencia, sino que su conciencia está condicionada, e incluso determinada, por las circunstancias materiales en las que vive. Así, vivir en un planeta superpoblado de humanos con tecnologías cada vez más poderosas para transformar o destruir la naturaleza es una condición mucho más importante en la vida de la gente que un “No Contamines” (véase el siguiente punto). La segunda razón es que ya existen organizaciones ecologistas que persiguen utilizar esos instrumentos, pero llevan larvado el izquierdismo en su seno. Esto les conduce a actuar y ver la realidad en función de sus necesidades psicológicas personales, como la búsqueda de estatus, de diversión, de autorrealización, etc., lo que les hace ser muy poco fiables en los objetivos “ecologistas” que dicen defender. (Sus objetivos políticos suelen ser de izquierdas y, paradójicamente, tienen mayor peso que los “ecologistas”). Por último, la tercera razón es que, como dicen en mi pueblo, “mandar es muy bonito”, en el sentido de que se la considera una tarea sencilla y a la que se la “coge el gustillo” rápidamente. Pero el dirigir el comportamiento de la gente y el coaccionarla extingue la libertad individual y, cuando se comienza a recorrer ese camino, malo. Esperar que ese camino conduzca a una sociedad “mejor” es ingenuo y equivocado (véase la historia del siglo XX). Además, para poder mandar y “educar” al conjunto de la sociedad, se hace necesario mantener gran parte de las estructuras que sustentan ese poder. Estructuras que conllevan inevitablemente mermas en la autonomía de lo salvaje.
Por un lado, se quiere respetar la naturaleza; por otro, se quiere mantener los instrumentos de propaganda proporcionados por la sociedad más destructiva de todos los tiempos. No hay manera de compaginar, a medio y largo plazo, las dos cosas.

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30 de mayo de 2012

EL MUNDO SIN NOSOTROS


El periodista Alan Weisman hace, en este libro (Debate, 2007), un extenso recorrido por distintos lugares del planeta. Con este viaje, trata de responder a la pregunta: ¿qué ocurriría en la Tierra si todos los seres humanos desaparecieran de un día para otro? Esta pregunta, que puede resultar muy chocante y llamativa, en realidad conduce a esta otra: ¿qué han hecho y qué hacen las sociedades humanas para impedir que la naturaleza salvaje se desarrolle según sus propias tendencias?
Las respuestas, que Weisman proporciona a lo largo de diecinueve capítulos con la ayuda de una gran cantidad de expertos, prestan atención a los típicos temas de la degradación de la naturaleza, pero su modo de enfocarlos resulta muy interesante. Al no tener que explicar estos temas en función de los perjuicios, o los beneficios, que tienen para los seres humanos, sino en función del propio planeta, no cae en una visión antropocéntrica y sesgada de los problemas ecológicos. Weisman, al proponerse este ejercicio de ficción especulativa, pone de relieve los daños ecológicos presentes y pasados en la perspectiva de la propia Tierra: la extinción de especies a causa de las actividades humanas, la contaminación en la atmósfera, los océanos y los suelos, la transformación de los ecosistemas, etc. Este es uno de los puntos fuertes del libro. Hoy día, para desgracia nuestra, la gran mayoría de los libros que tratan temas de degradación ecológica utilizan la misma vara de medir: ¿cómo afecta al ser humano? Como si eso fuera lo único importante. Este ombliguismo de medirlo todo así se conoce como antropocentrismo.
Quizá Weisman también tenga un pensamiento antropocéntrico, no lo sé; pero, preguntándose qué ocurriría con la naturaleza si la dejásemos de degradar o destruir, dota a su libro de una postura bien diferente. Éste proporciona información valiosa sobre las formas que tienen las sociedades humanas actuales de impedir la autonomía de lo salvaje.
Otro punto a favor de este libro es que refleja bien a las claras, con ejemplos concretos y actuales, la fuerza que tiene lo salvaje y los grandes esfuerzos diarios que tiene que hacer la sociedad tecnoindustrial para detenerlo o controlarlo. Esta sociedad es la peor enemiga de lo indómito, de lo no domesticado y, por eso fundamentalmente, es una sociedad rechazable.
Pero no todo en este libro es interesante. Si nos planteásemos intentar solucionar los problemas ecológicos, este libro sería perfectamente inútil. No plantea soluciones, ni reformistas ni revolucionarias. Quizá sólo se limite a decir que los humanos, al fin y al cabo, no son tan importantes y que el mundo sin ellos seguiría adelante; la vida se recuperaría y se adaptaría con toda su fuerza a ese mundo hipotético.
Quizá este sea un pobre consuelo ante el panorama ecológico nefasto que existe hoy día. Pero es un consuelo que no sirve para nada si queremos ayudar a que lo salvaje vuelva por sus fueros. En caso de existir una solución realizable por los seres humanos, algo incierto hoy día, hay motivos de peso para pensar que no será la búsqueda de la propia extinción de la especie. (En el libro se menciona brevemente las opiniones de algún partidario de la “extinción humana voluntaria”. Es altamente improbable que una iniciativa así tuviese éxito ya que iría contra nuestra propia naturaleza –reproducirnos es característico de nuestra biología, extinguirnos voluntariamente, no-. Es verdad que, en determinadas circunstancias, ha habido individuos que optaron por suicidarse, pero difícilmente esas circunstancias son –y serían- generalizables al resto de miembros de la especie). No obstante, cualquier solución factible implicaría tomar medidas igualmente drásticas, como por ejemplo las que serían necesarias (y deseables) para la eliminación del sistema tecnoindustrial.
Este libro no puede aportar nada a esa hipotética solución pero sí bastante al análisis de la situación y desde qué perspectiva comprenderla. Una pista nos la dan los ecólogos, que Weisman cita, dedicados al estudio de la fauna salvaje que vive en la zona del desastre nuclear de Chernóbil:


«La actividad típica humana resulta más devastadora para la biodiversidad y para la abundancia de flora y fauna locales que el peor de los desastres de una planta nuclear.»


Existen varios documentales televisivos que tratan de ilustrar las ideas de este libro. A veces se centran en los detalles más llamativos, morbosos o peculiares, al puro estilo televisivo, pero tienen aspectos interesantes ("La vida sin nosotros", "La Tierra sin habitantes", "Aftermath: Population zero").

27 de abril de 2012

CAMBIO GLOBAL. IMPACTO DE LA ACTIVIDAD HUMANA SOBRE EL SISTEMA TIERRA



Este libro, publicado originalmente en el año 2006, contiene un interesante análisis de cómo la sociedad tecnoindustrial está alterando profundamente la naturaleza. Por supuesto que los científicos que lo han escrito no se expresan en estos términos. En primer lugar, los problemas que ellos asocian a la “actividad humana” sin más, están realmente asociados, directa o indirectamente, a la sociedad tecnoindustrial. Son la producción, el consumo y la utilización de tecnologías complejas a gran escala los que están provocando los desbarajustes y las consecuencias destructivas, repito de modo directo o indirecto, de las que se habla en este libro. En segundo lugar, estos científicos utilizan el concepto de “sistema Tierra”, más aséptico y respetable científicamente hablando. Indudablemente, la Tierra es un sistema en el que incontables elementos se interrelacionan participando en las dinámicas y los ciclos de funcionamiento de la naturaleza permitiendo la vida que, a su vez, participa decisivamente en todo el sistema. Pero la cuestión es qué valor se le da a este sistema Tierra. El libro adopta una postura clara: le da un valor meramente instrumental. La Tierra tiene valor en tanto que proporciona “recursos y servicios” a los humanos del presente y a las generaciones futuras (de humanos, claro). Es una perspectiva claramente antropocéntrica o antropocentrista: lo que ocurre con la naturaleza sólo merece atención y preocupación en función de las consecuencias que pueda tener para los seres humanos.
Pero no nos adelantemos. El libro habla del cambio global y los siguientes fragmentos pueden servir como resumen:

«El término cambio global define al conjunto de cambios ambientales afectados por la actividad humana, con especial referencia a cambios en los procesos que determinan el funcionamiento del sistema Tierra. Se incluyen en este término aquellas actividades que, aunque ejercidas localmente, tienen efectos que trascienden el ámbito local o regional para afectar el funcionamiento global del sistema Tierra. El cambio climático se refiere al efecto de la actividad humana sobre el sistema climático global, que siendo consecuencia del cambio global afecta, a su vez, a otros procesos fundamentales del funcionamiento del sistema Tierra. La interacción entre los propios sistemas biofísicos entre sí y entre éstos y los sistemas sociales, para amplificar o atenuar sus efectos, es una característica esencial del cambio global que dificulta la predicción de su evolución.» (Pág. 23)
« (…), hay dos características del cambio global que hacen que los cambios asociados sean únicos en la historia del planeta: en primer lugar, la rapidez con la que este cambio está teniendo lugar, con cambios notables (…) en espacios de tiempo tan cortos para la evolución del planeta como décadas; y en segundo lugar, el hecho de que una única especie, el Homo sapiens, es el motor de todos estos cambios.» (Pág. 24)
«Las claves del cambio global en el Antropoceno se han de buscar en la conjunción de dos fenómenos relacionados: el rápido crecimiento de la población humana y el incremento, apoyado en el desarrollo tecnológico, en el consumo de recursos per cápita por la humanidad. El crecimiento de la humanidad es un proceso imparable desde la aparición de nuestros ancestros en el planeta (…). El crecimiento de la población humana conlleva un aumento de los recursos, alimento, agua, espacio y energía consumidos por la población humana. Dado que los recursos del planeta Tierra son finitos, es evidente que ha de existir un techo a la población humana.» (Pág. 24-25)
«El crecimiento de la población humana es, sin duda, un componente fundamental de la creciente influencia de nuestra especie sobre los procesos que regulan el funcionamiento de la biosfera. Sin embargo, el crecimiento de la población ha ido acompañado de un rápido incremento en el consumo per cápita de recursos tales como territorio, agua y energía. El consumo de territorio ha supuesto una conversión de ecosistemas sin perturbar, que la humanidad ha usado y usa como recolectores, a ecosistemas domesticados como pastizales o campos de cultivo, o ecosistemas totalmente antropizados como zonas urbanas. La transformación del territorio es un proceso que se inició con el desarrollo de la agricultura, hace unos 10.000 años, pero que se ha acelerado tras la revolución industrial, con el aumento explosivo de la población humana y el desarrollo de maquinaria pesada capaz de transformar grandes superficies en plazos cortos de tiempo. Desde 1700 hasta el presente la superficie domesticada ha aumentado de un 6% a un 40% de la superficie terrestre, con un dominio de la conversión a pastizales (…). El rápido crecimiento de zonas urbanas supone aún una pequeña fracción del territorio transformada, ya que las áreas urbanas ocupan aproximadamente un 2% del territorio del planeta. El consumo de agua se incrementó por un factor de 10, pasando de unos 600 a más de 5.200 km3 anuales durante el siglo XX, a lo que contribuyó el aumento del consumo per cápita de agua desde 350 a 900 m3 anuales. (…) el uso de energía per cápita se ha multiplicado por 15 desde la Revolución Industrial, con el desarrollo del transporte y la extensión de la climatización de los espacios habitados.» (Págs. 26-27)
Los capítulos más interesantes del libro son el cuarto y el quinto, “La maquinaria de la biosfera” y “La maquinaria de la biosfera en el Antropoceno” respectivamente. Su lectura merece la pena. De ellos, se pueden rescatar los siguientes párrafos:

«Los procesos físicos, químicos y biológicos que tienen lugar en el sistema Tierra están conectados entre sí y entre la Tierra, océano y atmósfera. La maquinaria de la biosfera ha venido funcionando dentro de dominios caracterizados por límites bien definidos y patrones periódicos. Sin embargo, este funcionamiento está siendo perturbado como consecuencia de la actividad humana.» (Pág. 31)

« (…) el cambio global es más que un cambio climático: a lo largo de los últimos siglos, las actividades humanas han conllevado efectos importantes y diversos para los sistemas naturales. Por sistemas naturales cabe entender no solamente los ecosistemas confinados geográficamente, que en muchos casos han visto modificados su extensión y dinámica de funcionamiento, sino también los grandes compartimentos ambientales (atmósfera, océanos, aguas continentales, suelos, masas forestales), cuyos flujos de energía y materia determinan el funcionamiento del planeta. Los cambios recientes en los ciclos de los elementos, por ejemplo, son tan profundos que podríamos hablar de una nueva era geológica en la historia de nuestro planeta, el Antropoceno que habría empezado a finales del siglo XVIII con el invento de la máquina de vapor, el inicio de la industrialización con combustibles fósiles, la explosión demográfica y el inicio del aumento de las concentraciones de CO2 y metano en la atmósfera. En este capítulo se presenta el impacto de la actividad humana sobre los motores de la biosfera en el Antropoceno.» (Pág. 43)
El capítulo 9, “¿Cómo afrontar el cambio global? Mitigación y adaptación al cambio global”, contiene una serie de puntos muy discutibles. Centrándonos en lo más importante y controvertido, hay tres aspectos principales que comentar: la propuesta de gestión de la resiliencia, el papel de la ciencia y de la tecnología y los manuales de buenas prácticas. El primero de ellos gira en torno a la idea de resiliencia. Por resiliencia se entiende “la capacidad de un sistema ecológico de conservar sus funciones mientras soporta perturbaciones” (Pág. 129). Los autores pretenden aplicar ese concepto a los socio-ecosistemas, término que aglutina a las sociedades humanas y a los ecosistemas de los que dependen. Su propuesta consiste en gestionar la capacidad de los socio-ecosistemas de adaptación al cambio global. Lo curioso es que reconocen que ahora mismo desconocen cómo se haría eso. En una muestra de honestidad y sinceridad, reconocen que tendrían que aprender haciendo. Pero recapitulemos por un momento lo que nos están diciendo. Por un lado, son las sociedades humanas actuales las causantes de un cambio a nivel planetario que está destruyendo y degradando la naturaleza y poniendo en peligro a esas mismas sociedades. Por el otro, ofrecen como solución que esas mismas sociedades, sin saber nada de cómo hacerlo, gestionen los ecosistemas que las mantienen para incrementar su capacidad de adaptación. Se trata de una propuesta disparatada. Es como sugerir que el pirómano que incendia una casa sea el encargado de apagar el fuego y le pasásemos una bomba de agua que no sabe utilizar. La sociedad tecnoindustrial es incompatible con la naturaleza salvaje, como ya quedó expuesto en el artículo “Un pensamiento inmaduro” de este mismo número.
Respecto al tema del papel de la ciencia y la tecnología, conviene ir por partes. El papel que los autores asignan al estamento científico de la sociedad actual pasa por alto una cuestión fundamental. Tratan de analizar una serie de problemas más o menos coyunturales (difusión ineficiente del conocimiento científico, saturación de información, hiperespecialización…) que afectan a la ciencia de hoy día; al mismo tiempo que ponen de manifiesto problemas estructurales del quehacer científico. Esa cuestión fundamental es la motivación del quehacer científico. ¿Por qué los científicos se dedican a la ciencia? En sus análisis proporcionan ciertas pistas (como las envidias y las burlas que hay entre científicos en ciertas ocasiones reseñadas por los autores) que apoyan la visión de que la motivación de los científicos responde a la de una actividad sustitutoria (1). La persecución de esta actividad sustitutoria converge con la búsqueda de estatus, poder, recursos económicos o algún otro objetivo. Esto implica que la evolución de la ciencia no se basa puramente en el desarrollo del método científico y su aplicación a la realidad, sino que está influida poderosamente por las necesidades psicológicas de los científicos y de quienes les financian. Esto significa que el estamento científico no es ni neutral ni objetivo a la hora de valorar su propio papel en el cambio global. Y conste que estos comentarios no son una crítica ni una minusvaloración del método científico como método para discernir la verdad.
En cuanto al papel de la tecnología, los autores de este libro comienzan con lo siguiente:

«Todas las sociedades, desde la de cazadores-recolectores a la industrializada, han impactado el medio ambiente biogeofísico generalmente hasta donde su desarrollo tecnológico lo ha permitido. Aún con algunas excepciones, ésta es una ley histórica general.» (Pág. 136)
Pero enseguida se olvidan de esta ‘ley general’. Es muy curioso como, después de enunciar algo tan trascendente e importante, pasen a otros temas a los que no aplican esa ‘ley general’. ¿Cómo encaja el desarrollo de las tecnologías “limpias” en esa ley? Ni una palabra. ¿Por qué el desarrollo de tecnologías “limpias y socialmente justas”, siendo industria pesada, no va a impactar negativamente sobre el medio natural? Ni una palabra. Se quedan en comparar estas tecnologías con las tecnologías “sucias” y en lamentar las trabas burocráticas, sociales y políticas que les queda por superar a esas “maravillas”. No entraré a discutir esa “ley histórica general” aquí, pero sí me gustaría llevar la atención del lector hacia el problema del desarrollo tecnológico en la sociedad tecnoindustrial. La predominancia del sistema tecnológico en la sociedad actual implica que no se puede elegir así como así la dirección en la que va ésta. Esa predominancia traslada unas características a la sociedad que no son modificables (por ejemplo, la tendencia al crecimiento). Ya se mencionó antes la incompatibilidad entre la sociedad tecnoindustrial y la naturaleza salvaje, pero hay que insistir en que es un hecho clave en todo este asunto. Se puede perfectamente establecer para este caso una analogía con el caso del yonqui que se acerca a la gente en una estación de autobuses pidiendo dinero con la excusa de realizar un viaje a una clínica de desintoxicación. Para apoyar su credibilidad, lleva en la mano una fotocopia mal hecha y arrugada de la publicidad de una clínica de esa clase. Si le diésemos dinero, ya sabríamos en qué se lo iba a gastar. Pues, algo similar ocurre con la sociedad actual, es adicta a la tecnología y al consumo de energía y, sin embargo, se presenta como solución a los problemas que genera su propia adicción. Al igual que el yonqui, la ayuda que le demos irá destinada a pagar su adicción. Por cierto, que uno de los papeles que juega la ciencia en la actualidad es el de un sistema de alarma para la sociedad tecnoindustrial. En la analogía anterior, sería el colega del yonqui que le avisa cuando viene la policía o la seguridad privada.
Por último, confiar en los manuales de buenas prácticas y su aplicación en empresas, medios de comunicación, equipos de investigación científica, etc., aparte de pecar de ingenuidad y buenas intenciones, no se ajusta a la realidad del funcionamiento de esas organizaciones. Si hiciéramos un análisis minucioso, científico si se quiere, del funcionamiento de las grandes organizaciones en la sociedad actual, desecharíamos toda esperanza en las buenas intenciones. Analizando una gran organización como un sistema, comprobaríamos en primer lugar que su objetivo prioritario es su propia supervivencia en un contexto dado al precio que sea. Esto significa emplear los medios oportunos -los más ventajosos en cada momento- y, si estos entran en conflicto con las buenas prácticas ecológicas, no es difícil adivinar por cuáles optará esa gran organización. Y aunque no los adoptase en un primer momento, la presión de sus competidores la obligarían a hacerlo. Es cierto, sin embargo, que ciertas organizaciones adoptan manuales de buenas prácticas, pero cabe preguntarse seriamente por qué los han adoptado y si todas las grandes organizaciones pueden realmente adoptarlos.
En el año 2009, este libro fue reeditado ampliando y revisando algunos de sus datos.
La edición del 2006 se puede encontrar en pdf aquí.

(1) Véanse “Los motivos de los científicos” en La sociedad industrial y su futuro, Ediciones. Isumatag, 2011, págs. 67-69 y “Letter to Peter Bell”, Ted Kaczynski, 16 de mayo de 2009 y 30 de julio de 2009.