2 de diciembre de 2020

25 años después (I)

   La sociedad industrial y su futuro se publicó hace poco más de 25 años. Fue dado a conocer al público en septiembre de 1995 cuando un par de periódicos estadounidenses lo publicaron como un extenso artículo. Hay varios asuntos importantes que fueron expuestos en este manifiesto. A pesar del cuarto de siglo transcurrido, muchas de las descripciones dadas en sus 232 puntos son certeras hoy día. Llama mucho la atención cuán acertado fue caracterizar el izquierdismo como un síntoma de la locura de la sociedad actual. No solamente se trata de excentricidades o fanatismos presentes en las reivindicaciones izquierdistas, se trata de que un determinado conjunto de circunstancias conducen a problemas psicológicos de importancia. 

   “Los problemas del izquierdista son indicativos de los problemas de nuestra sociedad en su conjunto. La baja autoestima, las tendencias depresivas y el derrotismo no son sólo cosa de la izquierda.” 
La sociedad industrial y su futuro, Pág. 39. 

   “[…] consideramos la falta de oportunidades para experimentar apropiadamente el proceso de poder como la más importante de las condiciones anormales a las cuales la sociedad moderna somete a la gente. Pero no es la única.” 
La sociedad industrial y su futuro, Pág. 47. 

   En varios puntos del manifiesto, se describen los síntomas derivados de las perturbaciones del proceso de poder, incluso se presenta un diagrama ilustrativo. Por ahora, no entraremos a valorar si esas descripciones son correctas hoy día o si habría que matizarlas. Lo que aquí se quiere señalar es que los delirios del izquierdismo no surgen de la nada o por sí solos en el meollo de la vida social. Están alimentados y provocados por condiciones de vida cada vez más antinaturales. Además, el desarrollo de la tecnología en este inicio de siglo ha potenciado y generalizado su extensión a buena parte de las sociedades actuales. Las vidas acomodadas que gran parte de la población lleva en estas sociedades nos hacen proclives a caer en alguna forma de activismo social promocionada por la ideología dominante de nuestros días, la izquierdista. Esto quiere decir que, cuando nuestras necesidades están cubiertas sin mucho esfuerzo, recurrimos a lo que en La sociedad industrial y su futuro se denomina “actividades sustitutorias”, una de ellas puede ser “el activismo social cuando se centra en asuntos que no son importantes personalmente para el activista, como en el caso de los activistas blancos que trabajan a favor de los derechos de las minorías no blancas” (Pág. 43). Así hoy día nos seguimos encontrando activistas blancos en las movilizaciones de Black Lives Matter, hombres apoyando las movilizaciones feministas o personas heterosexuales apoyando las causas de las minorías con orientaciones sexuales diferentes. Las típicas causas de la “justicia social”, a las que hoy día no es moralmente aceptable criticar porque el izquierdismo es la ideología predominante del sistema, están plagadas de personas que no son víctimas ellas mismas de alguna de esas icónicas injusticias. Tal es el afán por estar en el meollo de esas causas que aparecen no pocos casos de personas haciéndose pasar por víctimas, cuando no lo son, a la búsqueda de las ventajas materiales o psicológicas que conlleva el estatus de víctima. Existen ya trabajos de investigación sobre este “victimismo virtuoso” y no sería de extrañar que cada vez reciba más atención. 
   Asimismo, en el activismo social aparecen prolíficamente personajes particularmente preocupados por el poder y el control del comportamiento de los demás. Algunos se conforman con pertenecer a un movimiento que logre el poder y el triunfo de la causa colectiva ya les satisface. Otros necesitan satisfacer su ansia de poder de manera más personal y alcanzar puestos elevados de estatus, el tipo de comportamientos de los que se advierte en La sociedad industrial y su futuro. Las actividades sustitutorias no siempre son puras, en el sentido de que pueden responder a varias causas, no sólo a una perturbación en el proceso de poder. La preocupación por la propia reputación, la pertenencia a un grupo o a una coalición, la necesidad de alcanzar un mayor estatus pueden llevar al postureo moral, la corrección política o a adscribirse a alguna causa izquierdista. De China ha llegado en los últimos años el término “Baizuo” para identificar a los izquierdistas occidentales preocupados por la corrección política y por aparentar una hipócrita solidaridad con ciertas causas sociales estandarizadas. 
   Fanáticos, verdaderos creyentes, oportunistas, embaucadores y víctimas oficialmente reconocidas por la ideología dominante de la sociedad se agrupan en las distintas causas del activismo social. Periódicamente se renueva el fervor por ellas y se convierten en un modo de desfogar la presión que nos impone la sociedad actual. En ciclos de ‘creciente indignación’-‘estallido’-‘alivio’, se reproducen los rasgos característicos del izquierdismo que el manifiesto de Unabomber supo plasmar. Y a pesar de ello, el manifiesto terminaba reconociendo una debilidad por no proporcionar una definición clara y precisa de “izquierdista” e “izquierdismo”. Las advertencias, no obstante, sobre la peligrosidad del izquierdismo siguen hoy plenamente vigentes.

20 de noviembre de 2016

Izquierdismo: ¿Cuál es el Problema? (3ª parte)



Más dificultades

Existen, además, otras dificultades relacionadas con el izquierdismo. No obstante, parece que el primer problema es reconocer que el izquierdismo supone en sí mismo un problema. No estamos habituados a pensar eso de alguien que pretende solucionar problemas. Pero es así, una persona que trata de solucionar un problema puede ser en sí misma un problema. Cuando se comprueba repetidas veces que lo que esa persona hace o bien empeora la situación o bien es totalmente inútil, es hora de analizar si esa persona es la adecuada para resolver dicho asunto.
A modo de capa de Photoshop o de velo semitranslúcido, la realidad del izquierdismo queda sutilmente oculta tras las apariencias. Sus “loables y nobles” intenciones conviven con lo que está en un segundo o tercer plano, el refuerzo del desarrollo de la sociedad que más ha amenazado la libertad y la naturaleza en la historia. Mi intención no es justificar el estado actual de las cosas y su desarrollo, por eso la razón de este escrito.
Conviene matizar además que quizá los problemas que se pretenden solucionar o bien no son tan importantes como se dice o bien no son un problema en absoluto o bien son irresolubles en el contexto de sociedad y mundo en el que vivimos. La importancia de muchos problemas sociales, ¿qué es comparada con la crisis que amenaza a todo el planeta? Las circunstancias políticas, las tradiciones de lucha o los intereses particulares pesan mucho más que un análisis mesurado que nos sitúe a los seres humanos en nuestro lugar en el planeta. Por otro lado, se suele presentar nuestra preferencia natural por atender a nuestros allegados de manera prioritaria hasta en los mínimos detalles como un problema de insolidaridad hacia los demás. La cuestión es que la solidaridad hacia los no allegados no forma parte de la expresión natural de humanidad sino sólo de ciertas etapas evolutivas de ciertas sociedades civilizadas. Volvemos al punto anterior, el interés de un sistema social concreto se impone sobre los intereses de los miembros que la componen y sobre las características del mundo que lo soportan. ¿Tan importante es? ¿Importante para quién? ¿Importante por encima de qué? Finalmente, un ejemplo de la tercera posibilidad enunciada antes (los problemas irresolubles) es la desigualdad. Hasta cierto punto y en cierto grado, todos los grupos humanos conocidos han presentado desigualdad de un tipo u otro. Y tiene seguramente un sentido funcional y necesario. Sin embargo, en sociedades civilizadas la evolución de la división social ha ido inevitablemente adquiriendo rasgos más opresivos y problemáticos. En ellas, la desigualdad es un rasgo sustancial imprescindible, sin el que la sociedad implosionaría en la disfuncionalidad. Sin embargo, al mismo tiempo, periódicamente puede producir diferentes clases de problemas según las envidias que se despierten o lo apretadas que vayan las tuercas de quienes la sufren. Se le podrá encontrar alivios pasajeros en esas circunstancias, pero la desigualdad no desaparecerá.
Se podría plantear una objeción a lo planteado hasta ahora: el hecho de que no es posible juzgar a los demás, meterse en su cabeza y saber sus intenciones básicas. Como problema empírico es una realidad, pero pasa en cualquier ámbito de la vida, no sólo en la política. El ser humano tiene una gran capacidad de interacción social, de modo que puede llegar a reconocer patrones de conducta, hábitos, creencias, mentiras, etc. en los demás. De hecho, hay quien defiende que esa es nuestra especialidad como animales. Aunque también es cierto que las personas pueden llegar al punto de estar engañándose a sí mismas, creyendo en algo que es falso sin saberlo. Esto es lo que ocurre con el izquierdismo: conscientemente un izquierdista típico justifica su actividad política mediante un discurso y unas justificaciones ideológicas, pero inconscientemente las causas de su conducta son otras diferentes. Es un hecho tan común entre los seres humanos que ciertas escuelas dentro de la antropología, la “ciencia que estudia la cultura humana”, hacen una distinción clara entre lo que la gente cree que guía sus actos y lo que un observador informado y objetivo (o varios observadores a lo largo del tiempo) descubre como las verdaderas causas de esos actos.
Es normal, entonces, que una persona involucrada en actividades izquierdistas tienda a pintarlas y describirlas de un modo positivo (“altruistas”, “solidarias”, “rebeldes”, “revolucionarias”, etc., según la corriente a la que pertenezca). Al estar implicada en ellas, no suele juzgarlas racionalmente. Pero esto no significa que otras personas no sean capaces de hacerlo. De hecho, ya se han publicado unos cuantos análisis interesantes sobre ello. Por tanto, no es imposible juzgar la conducta de los demás. Puede ser complicado, pero no imposible.
En cualquier caso, no es mi intención saber si una persona concreta es izquierdista o no, ni buscar culpables por buscar culpables, sino alentar a la reflexión sobre un problema tan importante como el izquierdismo. Quedarse en señalar individuos concretos sería una pérdida de tiempo.
Por último, existe un par de confusiones respecto al término izquierdista que conviene aclarar. Se ha confundido, a veces y en ciertos entornos, izquierdista con reformista. A veces pueden coincidir, se puede ser izquierdista y reformista a la vez. Pero, conviene no olvidar que hay una parte de los izquierdistas, y del izquierdismo, que se proclama revolucionaria, como se vio antes. Y es la parte del izquierdismo que crea un problema importante, confundir y anular a personas que desean sinceramente acabar con el sistema tecnoindustrial actual. Otra posible confusión consiste en equiparar izquierdista y progresista. De nuevo, es posible que haya muchos izquierdistas que se muestren partidarios del progreso; sin embargo, también los hay que critican el progreso (aunque luego sea para proponer otra clase de progreso, “alternativo”, “espiritual”, “moral”, más “humano”, etc.). Por tanto, ese no es un rasgo definitorio de los izquierdistas, a pesar de que sea un rasgo habitual entre ellos.

Algunas Conclusiones

Dar una solución a todos los problemas que trae consigo el izquierdismo no sólo implicaría desviar un montón de energía y tiempo de los asuntos más importantes, sino que probablemente sean irresolubles en su totalidad. Principalmente se trata de estar prevenido, estar al tanto de lo que supone el izquierdismo y no dejarse engañar y arrastrar por sus antiguas o novedosas versiones. El izquierdismo es periódicamente un aliento renovador para la sociedad tecnoindustrial de modo que refuerza los valores humanistas y civilizatorios. Teniendo en cuenta todo el deterioro y sometimiento de la naturaleza salvaje y la pérdida de la libertad individual que está sociedad ha causado y sigue causando, no es aceptable defender ideas o movimientos que la puedan renovar. Sobre todo cuando es la causante de la crisis ecológica planetaria que vivimos y enemiga irreconciliable de lo salvaje.
Sin embargo, como los problemas generados por el izquierdismo afectan a su vez al modo en que se podrían intentar resolver estos asuntos más importantes, es necesario e inevitable tomar una posición respecto al izquierdismo. La única postura sensata y práctica es la de su total rechazo. Lo primero a hacer es un trabajo individual de autoconocimiento, de reconocer lo propio en uno mismo, en la especie a la que pertenece y del mundo vivo del que procede, y al que uno debería rendir pleitesía. El izquierdismo, como una de las amalgamas ideológicas más influyentes en nuestros días, difunde unos valores contradictorios con la naturaleza humana y lo salvaje en general. La igualdad no se sostiene ante la desigualdad natural presente en cualquier grupo humano. La solidaridad más allá de los allegados es un forzamiento de los individuos en beneficio de un sistema cuyas grandes organizaciones tienden al control total de dichos individuos gracias al repertorio tecnológico. La felicidad o las recreaciones armoniosas de la vida que aquella incita chocan con la realidad de la vida que es lucha y conflicto, fracasos y, a veces, éxitos. El mundo al que pertenecemos como seres es salvaje y salvaje es nuestro fuero interno. Conocerlo es decisivo.
Mantener la influencia del izquierdismo a raya constituye un primer paso necesario, al que le han de seguir otros. Una vez asentado ese paso, lo siguiente es contribuir a construir un referente social no izquierdista que pueda aportar seriedad y un compromiso real en la lucha contra la sociedad tecnoindustrial. Un pilar básico en ello ha de ser el valor de la autonomía de lo salvaje. Seguramente no sea una tarea sencilla, pero sólo la conformidad es fácil en estos tiempos difíciles.

18 de febrero de 2016

Izquierdismo: ¿Cuál es el Problema? (2ª parte)



Segundo problema: los fines personales marcan la pauta

El izquierdismo también se mantiene y desarrolla cuando las personas intentan solucionar sus problemas individuales mediante la actividad política. Detrás de una fachada de altruismo, generosidad y buena intención, encontramos que muchas personas se meten en actividades políticas porque no han podido experimentar el “proceso de poder” de un modo adecuado. Cuando esto ocurre, hay quienes encuentran satisfacción organizando actividades entretenidas o quienes encuentran satisfacción en acumular poder o reconocimiento. Esas actividades no necesariamente son eficaces respecto a los fines políticos declarados, pero entretienen; de ahí la proliferación de actos más propios de la animación sociocultural en las últimas décadas. Es cierto que crean adhesión y refuerzan el sentido de pertenencia a la corriente izquierdista de turno; sin embargo, son poco más que actividades sustitutorias.
No es difícil encontrar en las organizaciones e instituciones izquierdistas pruebas y comportamientos que desmienten una y otra vez sus anhelados fines políticos. No se trata solamente de que esos fines políticos puedan mejorar el sistema social actual, sino que, en muchas ocasiones, son irrealizables para los seres humanos. Al menos, para los seres humanos tal y como los conocemos hoy día. Si los Homo sapiens de hoy fuesen modificados en su naturaleza gracias a los avances tecnológicos, el cantar podría ser otro. El coste de avances similares ya los está sintiendo todo el planeta en la actualidad. En su empeño por alcanzar esos fines, no importa que la gente se tenga que adaptar a situaciones y modos de vida cada vez más artificiales. Esto no se puede considerar como algo positivo ni siquiera para los propios humanos. El alejamiento de la naturaleza salvaje, interna y externa a los individuos, no sale gratis. El fracaso a la hora de experimentar el “proceso de poder” es una prueba de ello.
Resumiendo, aunque muchos izquierdistas persiguen en el fondo fines personales (en el sentido de fines psicológicos propios) en sus actividades políticas, haciéndolo contribuyen a la búsqueda de unos fines políticos bastante peligrosos para la misma naturaleza humana. Dada su implicación personal en el asunto, muchas veces ellos no pueden ni siquiera plantearse el tema en una discusión racional, con lo que se cierra un posible camino para limitar el problema del izquierdismo.

Tercer problema: Identificación con la rebeldía

Existe otro problema al que conviene prestar atención. El izquierdismo, por su propio carácter sobresocializado, critica abundantemente la sociedad hasta el punto de acaparar toda la crítica, de acoger en su seno cualquier argumento que le sirva a la hora de quejarse de lo mal que va la sociedad. No suele tener mucha importancia si esa crítica es coherente y compatible en todas sus partes, lo importante es quejarse; el motivo concreto no parece ser muy relevante. De ahí, el énfasis que se da a la tolerancia de opiniones y a la pluralidad de posicionamientos (siempre que sean “críticos”, un eufemismo que cada corriente interpreta de una manera). Con esto no se quiere decir que dicha tolerancia exista y no se den dogmatismos, solamente se está señalando un mecanismo por el que el izquierdismo tiende a absorber aquellas posturas contrarias a algunos rasgos de la sociedad en la que vivimos.
De este modo, cuando las personas ven, reflexionan o sienten que esta sociedad tiene un carácter intrínsecamente malo, el único ‘sitio’ al que pueden acudir y, de hecho, acuden es al izquierdismo. Y el izquierdismo lo que hace es anular de diversas maneras esas ganas de desechar esta sociedad, canalizándolas en actividades políticas inútiles o transformándolas en una corriente de mejora de esa misma sociedad. La parte “radical”, “alternativa” o “revolucionaria” del izquierdismo no es una excepción a esto, sino un ejemplo. Esta parte se compone de distintas corrientes, pero siempre presentan la caracterización y los valores  izquierdistas mencionados al principio de este artículo. En España, tenemos a la vista distintos movimientos u organizaciones nacionalistas independentistas revolucionarias, anticapitalistas, sindicatos revolucionarios, organizaciones animalistas, ecologistas, antiautoritarias, antiindustriales, feministas radicales, y un largo etcétera. El lector, si se molesta, podrá observar en ellos los problemas que aquí se indican.
Esta parte “revolucionaria” del izquierdismo está muy lastrada por su tradición de “lucha contra la sociedad”. Las temáticas de su discurso suelen ser reduccionistas, centrándose en aspectos concretos de la sociedad dándoles una importancia que no tienen en la realidad, menospreciando y olvidando otros bastante más importantes. Si buscáramos el ejemplo más clásico de un discurso de este tipo, el de la llamada lucha de clases encajaría a la perfección en nuestra búsqueda. Esa tradición de lucha refleja también componentes irracionales del izquierdismo, que limitan la crítica interna. El relativismo y sus dogmas, el culto a la personalidad, a las organizaciones, al prestigio de ciertos militantes, a las autoridades intelectuales, etcétera, se utilizan muy bien para los fines personales de los que hablé en el punto anterior. Y es que la “revolución” del izquierdismo no se puede considerar loable, ni mucho menos algo deseable. Su función real en esta sociedad es la de ser un agujero negro donde se anulan las ganas de muchas personas de rebelarse verdaderamente contra esta sociedad.

6 de octubre de 2014

Algunas ideas sobre el presente y el futuro


Leyendo una crítica que se publicó en el blog de Ediciones Colapso y un texto editorial de la revista Regresión, volví en mi cabeza sobre algunas ideas que habían salido en algunas conversaciones privadas en los últimos años [1]. Hasta ahora, en este blog no se había dedicado ninguna entrada entera sobre cuestiones de estrategia o planteamientos sobre el enfrentamiento con la sociedad tecnoindustrial. Hoy se hará una excepción.
Se ha puesto en entredicho el uso del término ‘revolución’ para describir el proceso por el cual un movimiento contrario a la sociedad tecnoindustrial ayudaría a acabar con ella. Las razones son varias, desde que se trata de un término con claras connotaciones izquierdistas hasta que es una idea fantasiosa. Es un hecho que este término tiene hoy por hoy un uso muy trivializado. En realidad lleva décadas ocurriendo. Tanto la aparición de un nuevo dispositivo tecnológico como la de una tendencia artística o intelectual pueden ser calificadas de ‘revolucionarias’ para darles una importancia que, por lo general, no tienen en realidad. Esto no solamente es cosa del izquierdismo, por cierto. Una parte del izquierdismo sí suele tener como referencia ciertas revoluciones del pasado y hacer referencia continuamente a futuras revoluciones en sus sistemas de ideas. Es más, muchas de las revoluciones de la historia fueron hechas por movimientos izquierdistas. Las connotaciones izquierdistas del término pueden, por tanto, aparecer en muchas circunstancias en las que se utilice esa palabra. Sin embargo, hay que darse cuenta que precisamente eso también ocurre con muchos otros términos utilizados en la crítica de la sociedad tecnoindustrial como pueden ser ‘libertad’, ‘autonomía, ‘dignidad’, ‘naturaleza’, ‘salvaje’, etc. No es de extrañar tampoco, puesto que una de las características del izquierdismo es que tiende a acaparar y a intentar aglutinar todas las críticas que se hagan a la sociedad actual. Por muy dispares que puedan ser, trata de armonizar unas con otras, aunque sean incompatibles y algunas de ellas rechacen el propio izquierdismo. Por eso, se dice que el izquierdismo es un mecanismo de autodefensa de la sociedad tecnoindustrial porque acaba resultando que canaliza cualquier clase de crítica en un proceso que optimiza el funcionamiento de dicha sociedad. Su falsa apariencia de opositores y rebeldes de esta sociedad no nos debe ocultar el hecho de que los movimientos izquierdistas juegan un perverso papel en el funcionamiento de la sociedad tecnoindustrial.
El uso de esos términos sin contextualizarlos y definirlos adecuadamente puede suponer un peligro de recuperación por parte del izquierdismo. El peligro no está principalmente en usarlos sino en el contexto y las circunstancias en los que se utilizan. Por ejemplo, emplear el término ‘revolución’ en países como Cuba o Venezuela muy posiblemente conduzca a confusiones con lo que dicen los gobiernos actuales de esos países, independientemente de lo que se quiera decir. Entonces, ¿qué se puede hacer para evitar ese peligro? El dejar de usarlos para emplear otros no asegura que en el futuro no puedan ser recuperados por el izquierdismo. No queda otra que tratar de explicarse de la manera más concisa y clara dándole más importancia a las ideas que a los términos utilizados para nombrarlas. Vayamos entonces a la idea a la que se refiere el término ‘revolución’ dentro de algunos discursos contrarios a la sociedad tecnoindustrial. En forma breve, describiría el proceso en el que una parte de la sociedad, organizada y cohesionada en torno a la defensa de la autonomía de la naturaleza salvaje, lograse acabar con las bases tecnológicas y económicas de la sociedad actual. La pregunta clave aquí es si ello es posible. Y la respuesta no es ni ‘sí’ ni ‘no’, sino ‘depende’. Depende de las circunstancias. Un montón de circunstancias futuras y presentes. Entre una de las circunstancias presentes está cómo responden las personas que desean el fin del sistema tecnoindustrial a esa pregunta. Si se contestan ‘no, no es posible’, añaden un granito más en las circunstancias contrarias a ese proceso (a modo de profecía autocumplida).
Ted Kaczynski defiende que es posible porque en el pasado movimientos organizados lograron derrocar sistemas sociales y que es válida una analogía entre el derrocamiento del Antiguo Régimen en la Francia del siglo XVIII o de la Rusia zarista y el derrocamiento del actual sistema tecnoindustrial. Una pequeña aclaración que es necesaria hacer en este punto: varias personas han afirmado que hay otros individuos que siguen al pie de la letra las palabras de Kaczynski o que son algo así como seguidores crédulos de él. Entre esos individuos crédulos estarían los que participaron en la edición de La sociedad industrial y su futuro, uno de ellos es el que escribe estas palabras. A esas personas sólo les puedo responder que su ignorancia es grande en este punto y su capacidad para ver las discrepancias con algunas ideas de Kaczynski limitada. Personalmente, discrepo con Kaczynski en que la analogía entre el derrocamiento de un tipo de sociedad y otro sea válida. La sociedad actual ha desarrollado mecanismos de autodefensa nuevos, su control sobre el comportamiento humano es más eficaz y sutil, las dinámicas del funcionamiento social se han acelerado por la introducción de nuevas tecnologías, etc. Todo esto hace que la sociedad tecnoindustrial sea cualitativamente diferente de otras sociedades civilizadas. También es mucho más poderosa. No obstante, esto no significa que sea omnipotente y, por ello, en algún momento podría ser vulnerable. Volvemos sobre la cuestión de las circunstancias favorables a aquel proceso que algunos como Kaczynski denominan “revolución contra la sociedad tecnoindustrial”. Mientras la sociedad actual siga compuesta por animales humanos, tal y como los conocemos hoy (no modificados por la cibernética, la ingeniería genética o algún otro desarrollo tecnológico y no sustituidos por robots e inteligencia artificial superior a la humana), estará sujeta a las dinámicas que la empujan una vez más contra los límites de la naturaleza salvaje y la biosfera. La civilización tecnoindustrial tiene experiencia en ir forzando límite tras límite ocasionando pérdidas naturales irrecuperables, diezmando las poblaciones de fauna salvaje y destrozando multitud de ecosistemas salvajes. Pero la biosfera está comenzando a dar muestras de agotamiento y de no poder soportar el ritmo necesario para esta sociedad. Estas circunstancias podrían introducir a la sociedad en una crisis estructural fatal. Bajo todas esas circunstancias, una minoría bien organizada podría contribuir al fin de la sociedad tecnoindustrial. La cuestión de quién tendría más mérito, si las circunstancias o esa minoría, en ese final sería poco relevante. Lo importante es que es posible un escenario similar. ¿Es seguro que eso ocurra? No. ¿Es seguro que no ocurra? Tampoco. Como con muchas cuestiones del futuro, las incertidumbres son grandes. A muchos seres humanos les cuesta mucho tratar con la incertidumbre, es cierto. Prefieren antes las certezas de cualquier tipo, posiblemente por esto la religión sea un fenómeno tan común en todas las sociedades humanas.
En resumidas cuentas, si tu enemigo es considerablemente más fuerte que tú, lo lógico es prepararse para que cuando esté debilitado poder batirlo. Quienes crean que ese ‘prepararse’ significa simplemente ‘esperar’ se equivocan profundamente. Lo ilógico es darse por vencido ya y en cualquier condición, rendirse o arremeter contra él hasta obtener el resultado conocido de antemano de que te machacará gracias a su superioridad actual. Mientras la relación de fuerzas no cambia, la confrontación directa es, tarde o temprano, un suicidio. La relación de fuerzas cambia si te haces más fuerte o si te haces más fuerte y tu enemigo se debilita o si sólo tu enemigo se debilita.
Un hecho curioso en la editorial de la revista Regresión es que, a modo de refutaciones de toda posibilidad de derrocamiento del sistema tecnoindustrial, expone una serie de acontecimientos fallidos del pasado en los que movimientos del pasado se enfrentaban a sus mayores problemas. Curiosamente se olvidan de mencionar alguno de aquellos movimientos que sí tuvieron éxito en su intento de derrocar el sistema social que tantos problemas les causaba, entre ellos los 2 que más cita Kaczynski, la revolución rusa y la revolución francesa. Parece que con este sesgo selectivo creen quitarle la razón a Kaczynski. Se equivocan; Kaczynski podrá tener razón o no, pero así no se refuta honestamente nada.
Este sesgo selectivo denota un derrotismo inamovible y encaja bien con algunos de los dejes insurreccionalistas. El insurreccionalismo anarquista, tan habituado a los fracasos, ha desarrollado una literatura gloriosa y épica que se recrea en las derrotas del estilo: “está todo perdido, pero joderemos al sistema [aunque sabemos ya, aquí y ahora, que será al revés]”. Otro de esos dejes del insurreccionalismo es el hábito de identificar a otros radicales o revolucionarios y dejarlos como inferiores por su falta de acciones radicales o violentas contra el “sistema”. Así, son frecuentes las descripciones como “revolucionarios de sillón”, “anarquistas de salón”, “intelectuales de café”, etc., en la literatura insurreccionalista. ¿A qué se debe ese afán de marcar su estatus diferente, de recalcar que son personas (sobre todo hombres) de acción? Poco importa, lo que es seguro es que el insurreccionalismo dejó de ser lo más radical en las últimas décadas al ser superado en radicalidad por el ecologismo radical, el anarcoprimitivismo, o corrientes críticas de la tecnología. Para recuperar su mayor radicalidad, ha incorporado o absorbido ideas de esas otras corrientes, a menudo elementos que poca relación guardaban con el anarquismo previo, y de este modo seguir actuando como lo hace el izquierdismo (acaparando la crítica a la sociedad actual). El insurreccionalismo es una clase muy extraña de izquierdismo en el que los problemas psicológicos son claros y evidentes y recorren sus escritos. Además, tiene una clase de funcionamiento particular en la que hay una serie de fases en bucle: acción radical-reacción del atacado-solidaridad con los que recibieron la reacción-acción radical en solidaridad con los que recibieron la reacción y vuelta a empezar. Ahora aparecen grupos críticos con el sistema tecnoindustrial en los que su bagaje insurreccionalista es claramente reconocible. Puede que ni siquiera se den cuenta de esa mochila que todavía llevan a cuestas, pero, por ejemplo, el rechazo de la idea de un movimiento organizado para acabar con la sociedad tecnoindustrial procede de ese bagaje insurreccionalista y no de un análisis serio y honesto de las posibilidades de una “revolución” [o el término que se prefiera] contra esta sociedad. No es una idea que se descarte tampoco por cuestiones estratégicas, puesto que “no esperan nada”, ni “ningún fruto” de sus propios ataques, sino por cuestiones ideológicas previas heredadas de su pasado ideológico.
Nunca nadie consiguió algo diciéndose alguna de estas cosas: “no creo que pueda”, “no es posible”, “no quiero hacerlo”, “no”… Por lo menos, nunca nadie consiguió algo diciéndose esas cosas hasta la llegada de las ayudas socialdemócratas o la caridad cristiana. Es una cuestión de actitud, de actitud derrotista.

Notas
[1] Los comentarios de esta entrada son responsabilidad de una única persona y, por eso, otros autores y personas (como por ejemplo Anónimos con Cautela o Último Reducto) son ajenos a ella.

8 de junio de 2014

Izquierdismo: ¿Cuál es el Problema? (1ª parte)



Aunque el término “Izquierda” se usa hoy día con mucha frecuencia en las discusiones sobre política, el término “Izquierdismo” apenas se utiliza. Con frecuencia se usan los dos términos sin saber claramente a lo que se refieren. Así, en muchas ocasiones se puede plantear la duda de si tal organización o tal persona son de izquierdas. Además de la ambigüedad en el uso de los términos, ocurre que según los criterios que se usen alguien podrá ser de izquierdas unas veces y otras no. Y para añadir más jaleo al asunto hay gente de izquierdas que dicen que no son de izquierdas.
Por otro lado, en una sociedad de masas las cuestiones políticas se tienen que tratar a un nivel lo suficientemente simple como para que pueda ser comprendida por toda la población (o su mayoría). Esto implica que los asuntos complejos son simplificados hasta el punto que los representantes políticos parecen simples manipuladores en busca del beneficio de su bando. Por eso, en estas condiciones, un análisis crítico que afecte más a un bando siempre será malinterpretado por alguna de las partes para usarlo a su favor en el juego Derecha-Izquierda, aunque esa no sea su intención. Analizar el izquierdismo no implica defender a la Derecha política, a pesar de que algunos lo vean así. El enfoque de este artículo no seguirá en esa línea puesto que está en unas coordenadas totalmente distintas y alejadas de las perspectivas dicotómicas de la política convencional.
Este artículo se centrará más en los conceptos que en los términos lingüísticos empleados para designarlos. Es una cuestión de no perder el tiempo ni hacérselo perder al lector.

Ser de Izquierdas y ser Izquierdista
Para empezar, conviene aclarar lo que estos conceptos significan en este artículo y quedarse con la idea de lo que se quiere decir antes que con el término o la etiqueta que se le pone a cada concepto. Así pues, ¿qué es ser de izquierdas? Brevemente se podría decir que es creer que la sociedad debe organizarse para cuidar de todas las personas por igual, asegurarlas un mínimo bienestar y garantizarlas que algunas de sus necesidades estén satisfechas. Por tanto, los ideales que asume por lo general una persona de izquierdas son la igualdad, la solidaridad más allá de los allegados y la felicidad. Claro, estos ideales pueden ser entendidos de muy diversas maneras: dependiendo de a quiénes se quieran aplicar, es decir, la escala a la que se desean implantar (regional, nacional, mundial, universal), se obtiene una corriente de izquierdas u otra. Y lo mismo para las distintas interpretaciones de “igualdad” o “felicidad”. La Izquierda se caracteriza por una amplia pluralidad de corrientes. Quizá incluso pueda darse el caso de que algunas corrientes estén enfrentadas irremediablemente (o eso aparentan algunas veces). Antes se mencionó que había gente de izquierdas que negaba pertenecer a la Izquierda, ejemplo de ello son la gran mayoría de los anarquistas: tienen valores de izquierdas, pero aseguran no pertenecer a ella.
Por otro lado, ¿qué es ser izquierdista? Ser izquierdista no se va a usar como sinónimo completo de ser de izquierdas. La razón es la siguiente: resulta de gran interés distinguir entre los ideales y las actitudes psicológicas (y el comportamiento que ellas inducen) porque nos señalan matices importantes que no deberían pasar desapercibidos. Si bien no existe un rasgo psicológico definitorio de una persona izquierdista, sí existen una serie de rasgos psicológicos que se dan con una frecuencia notoria entre las personas izquierdistas, de modo que pueden ser indicadores bastante fiables. No puede haber una fiabilidad total debido a que el comportamiento humano es muy versátil y puede estar causado por diferentes motivos. Por ejemplo, mientras que en una persona uno de esos rasgos la conducen a ser izquierdista, otra puede serlo simplemente por imitación de sus amigos (“como lo hacen los demás…”).
Considerándolo como una categoría tipo, el izquierdista se caracteriza por tener unas actitudes psicológicas concretas. Si uso izquierdista, que comparte raíz semántica con Izquierda, es porque la mayoría de la gente de izquierdas presenta también esas actitudes, aunque no sean comunes a todos. Es decir, ser de izquierdas y ser izquierdista son características que vienen asociadas muy a menudo. Respecto a la definición de izquierdista en la que cuenta la actitud psicológica, hay dos enfoques a considerar. Uno, cómo desarrolla su vida una persona y dos, cómo la sociedad influye sobre ella.
En la actualidad, las personas que viven en la sociedad tecnoindustrial están enfrentadas al hecho de la ausencia de metas significativas en sus vidas. Cuando se oye hablar tanto de sensación de vacío, de malestar psicológico, de depresiones y otros problemas psicológicos, resulta inevitable preguntarse qué está ocurriendo. Hay que tener presente que esta sociedad ha permitido a las personas realizar multitud de actividades que nunca antes los seres humanos habían realizado. Y aun así, hay personas que se sienten vacías en sus vidas o algo menos que inútiles. Muy posiblemente la clave se encuentre en el modo en que esta sociedad obliga a vivir a la gente, entrometiéndose en aspectos importantes de la vida humana. Los seres humanos, por naturaleza, buscan alcanzar algunos objetivos vitales empleando cierta cantidad de esfuerzo y, en mayor o menor grado, a su manera; es decir, con autonomía. Intentar alcanzar esa clase de objetivos (objetivos que son importantes para su existencia como conseguir alimento, un lugar donde vivir o un compañero sexual) esforzándose y sintiéndose partícipe de cómo se alcanzan, le da aliciente a la vida; de hecho, para muchos es la salsa de la vida. Pero ocurre que en esta sociedad o bien los objetivos vitales significativos están asegurados con un esfuerzo mínimo o bien se alcanzan siguiendo un proceso excesivamente pautado por reglamentaciones y normas de todo tipo. (En algunos casos, algunos de esos objetivos son directamente inalcanzables). El lector tendrá que disculpar la generalización, seguramente no todo el mundo viva de esa manera, pero sí es cierto que la mayoría en esta sociedad sí lo hace. Así es como una persona corriente se ve obligada a llevar su vida: de un modo insatisfactorio respecto al proceso descrito antes, denominado por algunos “proceso de poder” o “proceso de autonomía”. Ante esta insatisfacción, se buscan todo tipo de actividades que entretengan, que den sentido a la vida, que produzcan lo que esta vida se niega a darles. Así, la gente es capaz de cualquier cosa con tal de huir del aburrimiento, del tedio; bueno, en general, es capaz de hacer cualquier cosa con tal de obtener algo significativo en su vida aunque no acaban de saber lo que buscan.
El segundo enfoque trata sobre el modo en el que la sociedad influye y condiciona a las personas. Desde hace tiempo, la sociedad viene incrementando su capacidad para influir en los individuos. Diversas instituciones tienen como cometido conseguir que la gente se comporte de un modo determinado para que participe de modo óptimo en el funcionamiento de la sociedad tecnoindustrial. Es decir, se encargan de socializar a los individuos para que puedan realizar lo mejor posible las tareas que la sociedad, como sistema, “necesita” que se realicen. Estas instituciones han alcanzado un gran control sobre lo que la gente puede llegar a pensar y a hacer. En algunos casos, las personas llegan a asimilar en lo más profundo de su ser lo que la sociedad les ha “enseñado”. Los valores de la sociedad quedan así bien inculcados en el proceso de socialización.
Pues bien, teniendo en cuenta todo esto, llegamos al hecho de que una persona izquierdista puede ser caracterizada por un alto grado de socialización, es decir, ha asumido hondamente los valores de la sociedad (igualdad, solidaridad a gran escala, etc.). Y dado que su vida sería insatisfactoria respecto al proceso de poder, es decir, no tendría unos objetivos significativos por los que esforzarse de una manera que pueda considerar suya, esa persona utilizaría la política como campo en el que buscar algo que apague su insatisfacción. El resultado, por lo común, suele ser que utiliza los valores de la sociedad para criticar a la misma sociedad. Esto significa criticar a la sociedad por su mal funcionamiento, significa buscar las contradicciones que la sociedad tiene entre sus valores declarados y su funcionamiento, significa llevar una lucha política que, en el fondo, trata de mejorar el funcionamiento de la sociedad.
Finalmente, bajo estos enfoques, el izquierdismo sería a la Izquierda lo que izquierdista es a ser de izquierdas. No serían totalmente lo mismo, pero casi. El izquierdismo no sólo es ideología (un sistema de ideas de izquierdas en su mayoría) sino que se caracteriza también por unas actitudes psicológicas que le inclinan hacia esas ideas. Desde hace décadas, la tendencia del izquierdismo es a ser el componente social más preponderante, en cuanto a ideología y en cuanto a actividades. Se podrá decir que la Derecha todavía tiene mucha fuerza y relevancia social, pero, como ha apuntado algún observador, desde hace tiempo la derecha está “jugando” al juego cuyas reglas las marca el izquierdismo. Los temas de la agenda política actual son en su mayoría temas que fija la Izquierda. La Derecha está a la defensiva e, ideológicamente al menos, rezagada. Algunos ejemplos de esos temas son el matrimonio entre homosexuales, el aborto, los servicios sociales, la igualdad de géneros, etc. La rapidez con la que se ha producido este cambio es una muestra más de los cambios vertiginosos que se están dando en la sociedad tecnoindustrial (crecimiento poblacional, concentración en grandes núcleos de población, desarrollo de todo tipo de infraestructuras y tecnologías, intentos cada vez más numerosos de gestión de la naturaleza, etc.). Unos cambios que parece que no se detendrán en las próximas décadas y que amenazan la libertad humana y la naturaleza salvaje de una manera nunca antes conocida.
A esta definición de izquierdista se le podría objetar que no es posible meterse dentro de la cabeza de la gente, saber lo que piensa y lo que la guía. Desde luego es un tema difícil, con bastantes dificultades empíricas. Pero, después de haber observado durante años al izquierdismo, incluso haber participado en él, sí que me atrevo a describir la psicología que se encuentra detrás de patrones de conducta recurrentes, que se han dado en diferentes lugares y momentos en las últimas décadas. Existe un vínculo entre psicología izquierdista e ideología de izquierdas, de ahí que en diferentes lugares y momentos donde aparecen unas actitudes psicológicas determinadas se suelan dar unas actividades políticas concretas. Con todos los matices que se quiera, pero existe una correlación entre un fenómeno y otro. No reconocerla seguramente signifique ignorar uno de los más característicos problemas de la sociedad tecnoindustrial. Desconozco si el problema tiene solución (tampoco digo que sea un problema prioritario) pero, si ni siquiera se reconoce, difícilmente se podrá solucionar y, peor aún, seguirá entorpeciendo la resolución de los problemas verdaderamente importantes.


Primer problema: los fines políticos acaban por reforzar el desarrollo de la sociedad
El ideal de una sociedad igualitaria y solidaria en la que todo el mundo tuviese la posibilidad de ser feliz, inspira al izquierdismo. Pero estos ideales, estos fines políticos cumplen, inconscientemente o no, un papel en el presente. Y no es precisamente acercarse a ese futuro “idílico”. De hecho, la sociedad tecnoindustrial es una herramienta muy eficaz para considerar y probar esos fines izquierdistas. Fijémonos bien que valores como la igualdad y la solidaridad a gran escala lo que hacen es optimizar el funcionamiento de esta sociedad. Evitando que las personas sean discriminadas por su sexo, su raza, su etnia, su nacionalidad, etc., se consigue disponer de la potencialidad de personas válidas para desarrollar las tareas necesarias dentro de la sociedad actual. Si existiera alguna de esas discriminaciones o prejuicios, ese potencial se perdería, se desaprovecharía. Lo mismo ocurre con la solidaridad. El izquierdismo potencia una solidaridad extensiva en contra muchas veces de la solidaridad natural que se da entre los seres humanos, aquella dirigida hacia familiares y allegados. El nepotismo (favorecer a los parientes) ahora se considera más un problema que algo positivo o normal, dado que es un trato discriminatorio, contrario a criterios de eficiencia o mérito que deberían predominar en un sistema social en funcionamiento óptimo. Se necesita que la solidaridad vaya más allá de los grupos pequeños y se extienda a toda la sociedad para que la cooperación entre las distintas partes de la sociedad funcione mejor. En una sociedad muy especializada como ésta, unos dependen de otros para vivir, si no cooperasen sería una catástrofe. Por eso, alentarles a cooperar puede mejorar el funcionamiento de la sociedad.
Como se viene diciendo en esta revista, el desarrollo y el funcionamiento de la sociedad tecnoindustrial suponen el impedimento de la libertad humana y de la autonomía de lo salvaje. Así que el izquierdismo, bajo su apariencia de bienintencionado, lo que provoca es un empeoramiento de la situación cuando persigue esos fines políticos. Seguramente, agrave los problemas psicológicos que ya tiene la gente cuando consiga asegurar a todo el mundo un bienestar o una felicidad básica. Como ya se dijo antes, las personas lo que necesitan es hacer cosas importantes para su vida por sí mismas, experimentar su propia valía en las actividades significativas de la vida. Y seguramente también, la solución a esos problemas psicológicos se busque en nuevos desarrollos tecnológicos, como nuevos medicamentos o nuevas tecnologías médicas que “solucionen” los problemas, es decir, terminen solamente con sus síntomas o los enmascaren.

19 de enero de 2014

Reflexionando sobre unas pocas conclusiones



El artículo de Peter Vitousek y colegas que fue publicado aquí en tres partes separadas  (una, dos y tres) terminaba en unas conclusiones resumidas en tres párrafos. A pesar de su brevedad, encerraban asuntos de gran importancia que bien merecen una reflexión detenida.
Podemos repasarlas ahora:
“Está claro que controlamos mucho de lo que hay en la Tierra y que nuestras actividades afectan al resto que no controlamos. En un sentido muy real, el mundo está en nuestras manos –y el cómo lo manejemos determinará su composición y dinámicas, así como nuestro destino.”
Es cierto que la sociedad tecnoindustrial tiene un control muy elevado sobre ciertas zonas y procesos, pero cuanto más nos movemos a escalas mayores del funcionamiento planetario más podremos percibir que ese control no es tal. Parece más un deseo, más o menos explícito, que una realidad efectiva. La biosfera se compone de múltiples sistemas complejos que por su propia complejidad tienden a la impredecibilidad y, por tanto, difícilmente pueden ser realmente controlados. Esto significa que el mundo no está en nuestras manos en el sentido de que podamos manejarlo a capricho. Cualquiera puede recordar la importancia que tienen las consecuencias no previstas del desarrollo tecnológico en La sociedad industrial y su futuro o indagar sobre consecuencias imprevistas en otros aspectos de la realidad (en inglés “unintended consequences”). El sueño del control y la gestión integral que proporcionaría seguridad y prosperidad no es más que eso, un sueño. Pero un sueño cuyas graves consecuencias ya están ocurriendo, como describe el propio artículo. Algunos pensamos que el intento de convertir el planeta en una tecnoesfera ajardinada refleja la enajenación que domina a la sociedad tecnoindustrial.
Prosiguen Vitousek y compañía:
“El reconocimiento de las consecuencias globales de la actividad humana sugiere tres direcciones complementarias. Primero, podemos trabajar para reducir la tasa a la que alteramos el sistema Tierra. Los humanos y los sistemas dominados por ellos podrían adaptarse a un cambio más lento y los ecosistemas -y las especies que albergan- podrían hacer frente de forma más efectiva a los cambios que imponemos, si esos cambios son lentos.”
Dejando a un lado las consecuencias no previstas de la sociedad actual ya mencionadas, la alteración del sistema Tierra provocada por esta sociedad tiene unas características bastante claras: tiende a la omnipresencia y es creciente como se describían en otras partes del artículo. ¿Por qué? En pocas palabras, porque la sociedad tecnoindustrial no es compatible con la autonomía de la naturaleza salvaje.  Si a esto unimos lo que dice el quinto principio de la historia enunciado por Freedom Club: “La gente no elige consciente y racionalmente la forma de su sociedad. Las sociedades se desarrollan mediante procesos de evolución social que no se hallan bajo control racional humano” [1], el resultado es que difícilmente puede uno creerse que la tasa de alteración del sistema Tierra puede reducirse voluntariamente y de manera planificada. Pero esto no es todo, las conclusiones del propio artículo señalan otro aspecto importante:
“Segundo, podemos acelerar nuestros esfuerzos por comprender los ecosistemas de la Tierra y la manera en que interactúan con los numerosos componentes del cambio global causado por los humanos. (…) El desafío de comprender un planeta dominado por los humanos requiere además que las dimensiones humanas del cambio global –las motivaciones sociales, económicas, culturales y otros detonantes de las acciones humanas– sean incluidas dentro de nuestros análisis.”
Casi mensualmente aparecen artículos científicos que señalan que las cosas no son exactamente como se creía que eran según las teorías vigentes, ejemplo claro de ello es el estudio del cambio climático. No existe el conocimiento suficiente como para hablar con rigor de que el control del sistema Tierra pueda ser planificado adecuadamente. De hecho, dentro de la comunidad científica se está alentando esa ilusión o espejismo de un control efectivo de las consecuencias de esa “dominancia humana de la Tierra”. Sin embargo, la velocidad a la que aparecen y agravan esas consecuencias no permite adquirir un conocimiento suficiente y completo de lo que está ocurriendo. Esto no significa que no podamos saber qué está ocurriendo, pues a grandes rasgos está muy claro.
“Finalmente, la dominancia humana de la Tierra significa que no podemos escapar de la responsabilidad de gestionar el planeta. Nuestras actividades están causando cambios rápidos, nuevos y sustanciales a los ecosistemas de la Tierra. (…) No hay una ilustración más clara de la extensión de la dominancia humana de la Tierra que el hecho de que el mantener la diversidad de las especies “salvajes” y el funcionamiento de los ecosistemas “salvajes” requerirá aumentar la participación humana.”
Este razonamiento que conduce a una única conclusión posible sigue una lógica un tanto peculiar: “para conservar X, es inevitable tener que transformar X; entonces ya no tendremos X, pero así es la responsabilidad de la que no podemos escapar”. Por supuesto, hay más opciones que la que plantean estos científicos para que la Tierra siga siendo un lugar salvaje. Ninguna de ellas pasa por ambicionar “gestionar el planeta”. Seguir adentrándose en el camino del desarrollo tecnológico significa profundizar en unos daños de una gravedad nunca conocida antes por el ser humano. La responsabilidad debería llevarnos por otro camino.


Notas:
[1] La sociedad industrial y su futuro, pág. 77, Ediciones Isumatag, 2013.



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19 de diciembre de 2013

1ª reimpresión de La sociedad industrial y su futuro


Recientemente una primera reimpresión de La sociedad industrial y su futuro ha sido publicada dado que sigue despertando el interés de nuevos lectores. En ocasiones anteriores, ya quedaron señalados en este blog las cuestiones más importantes que trata este libro, así que sólo queda animar a los nuevos visitantes a que indaguen en las entradas que pueden buscar en la parte derecha de su pantalla. Si además desean leerlo, en Puntos de distribución podrán averiguar cómo encontrarlo.